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Montag oyó un débil roce. Las manos de la mujer se movieron El auricular se
movió sobre la almohada como una mantis religiosa, tocado por la mano de ella.
Después volvió a estar en su oído, zumbando ya.
Montag escuchó y su mujer canturreaba entre dientes.
Fuera de la casa una sombra se movió, un viento otoñal sopló y amainó en
seguida. Pero había algo más en el silencio que él oía. Era como un aliento
exhalado contra la ventana. Era como el débil oscilar de un humo verdoso
luminiscente, el movimiento de una gigantesca hoja de octubre empujada sobre el
césped y alejada.
«El Sabueso -pensó Montag- esta noche, está, fuera. Ahora está ahí fuera. Si
abriese la ventana...,,
Pero no la abrió.
Por la mañana, tenía escalofríos y fiebre.
-No es posible que estés enfermo -dijo Mildred
Él cerró los ojos.
-Sí.
-¡Anoche estabas perfectamente!
-No, no lo estaba.
Montag oyó cómo «los parientes» gritaban en sala de estar.
Mildred se inclinó sobre su cama, llena de curiosidad. Él percibió su presencia, la
vio sin abrir los ojos, Vio su cabello quemado por los productos químicos hasta
adquirir un color de paja quebradiza, sus ojos con una especie de catarata
invisible pero que se podía adivinar muy detrás de las pupilas, los rojos labios, el
cuerpo tan delgado como el de una mantis religiosa, a causa de la dieta, y su
carne como tocino blanco. No poda recordarla de otra manera.
_¿Querrás traerme aspirinas y agua?
-Tienes que levantarte -replicó ella-. Son las doce del mediodía. Has dormido
cinco horas más dc lo acostumbrado.
-¿Quieres desconectar la sala de estar? -solicitó Montag-.
-Se trata de mi familia.