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-Oh, ya sabes, con todo el grupo.
-Sí, el grupo, el grupo, el grupo.
El se oprimió el dolor que sentía en los ojos y, de repente, el olor a petróleo le hizo
vomitar.
Mildred regresó, canturreando. Quedó sorprendida.
-¿Por qué has hecho esto?
Montag miró, abatido el suelo.
-Quemamos a una vieja con sus libros.
-Es una suerte que la alfombra sea lavable. -Cogió una escoba de fregar y limpió
la alfombra-. Anoche fui a casa de Helen.
--¿No podías ver las funciones en tu propia sala de estar?
-Desde luego, pero es agradable hacer visitas.
Mildred volvió a la sala. El la oyó cantar.
-¡Mildred! -llamó-.
Ella regresó, cantando, haciendo chasquear suavemente los dedos.
-¿No me preguntas nada sobre lo de anoche? -dijo-.
-¿Sobre qué?
-Quemamos un millar de libros. Quemamos a una mujer.
-¿Y qué?
La sala de estar estallaba de sonidos.
-Quemamos ejemplares de Dante, de Swift y de Marco Aurelio.
-¿No era éste un europeo?
-Algo por el estilo.
-¿No era radical?