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-Nunca llegué a leerlo.
-Era un radical. -Mildred jugueteó con el teléfono-. ¿No esperarás que llame al
capitán. Beatty, verdad?
-¡Tienes que hacerlo!
-¡No grites!
-No gritaba. -Montag se había incorporado en la cama, repentinamente enfurecido,
congestionado, sudoroso. La sala de estar retumbaba en la atmósfera caliente-.
No puedo decirle que estoy enfermo.
-¿Por qué?
«Porque tienes miedo», pensó él. Un niño que se finge enfermo, temeroso de
llamar porque, después de una breve discusión, la conversación tomaría este giro
«Sí, capitán, ya me siento mejor. Estaré ahí esta noche a las diez.»
-No estás enfermo -insistió Mildred-.
Montag se dejó caer en la cama. Metió la mano bajo la almohada. El libro oculto
seguía allí.
-Mildred, ¿qué te parecería si, quizá, dejase mi trabajo por algún tiempo?
-¿Quieres dejarlo todo? Después de todos esos años de trabajar, porque, una
noche, una mujer, y sus libros....
-¡Hubieses tenido que verla, Millie!
-Ella no es nada para mí. No hubiese debido tener libros Ha sido culpa de ella,
hubiese tenido que pensarlo antes. La odio. Te ha sacado de tus casillas y antes
de que te des cuenta, estaremos en la calle, sin casa, sin empleo, sin nada.
-Tú no estabas allí, tú no la viste -insistió él-. Tiene que haber algo en los libros,
cosas que no podemos imaginar para hacer que una mujer permanezca en una
casa que arde. Ahí tiene que haber algo. Uno no se sacrifica por nada.
-Esa mujer era una tonta.
-Era tan sensata como tú y como yo, quizá más, y la quemamos
-Agua pasada no mueve molino.