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-¿El capitán Beatty?
-El capitán Beatty.
Montag no se movió, y siguió contemplando la fría blancura de la pared que
quedaba delante de él.
-¿Quieres hacerle pasar? Dile que estoy enfermo.
-¡Díselo tú!
Ella corrió unos cuantos pasos en un sentido, otros pasos en otro, y se detuvo con
los ojos abiertos, cuando el altavoz de la puerta de entrada pronunció su nombre
suavemente, suavemente, «Mrs. Montag, Mrs. Montag; aquí hay alguien, aquí hay
alguien, Mrs. Montag, Mrs. Montag, aquí hay alguien».
Montag se cercioró de que el libro estaba bien oculto detrás de la almohada,
regresó lentamente a la cama, se alisó el cobertor sobre las rodillas y el pecho,
semiincorporado; y, al cabo de un rato, Mildred se movió y salió de la habitación,
en la que entró el capitán Beatty con las manos en los bolsillos.
-Ah, hagan callar a esos «parientes» -dijo Beatty, mirándolo todo a su alrededor,
exceptuados Montag y su esposa-.
Esta vez, Mildred corrió. Las voces gemebundas cesaron de gritar en la sala.
El capitán Beatty se sentó en el sillón más cómodo, con una expresión apacible en
su tosco rostro. Preparó y encendió su pipa de bronce con calma y lanzó una gran
bocanada de humo.
-Se me ha ocurrido que vendría a ver cómo sigue el enfermo.
-¿Cómo lo ha adivinado?
Beatty sonrió y descubrió al hacerlo las sonrojadas encías y la blancura y
pequeñez de sus dientes.
-Lo he visto todo. Te disponías a llamar para pedir la noche libre.
Montag se sentó en la cama.
-Bien -dijo Beatty-. ¡Coge la noche!
Examinó su eterna caja de cerillas, en cuya tapa decía GARANTIZADO: UN
MILLON DE LLAMAS EN ESTE ENCENDEDOR, y empezó a frotar, abstraído, la