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Los fuegos artificiales se apagaron en la sala de estar, detrás de Mildred. Al
mismo tiempo, ella había dejado de hablar; una coincidencia milagrosa. Montag
contuvo el aliento.
-Había una muchacha, ahí, al lado -dijo con lentitud-. Ahora se ha marchado, creo
que ha muerto Ni siquiera puedo recordar su rostro. Pero era distinta ¿Cómo...
cómo pudo llegar a existir?
Beatty sonrió.
-Aquí o allí, es fatal que ocurra. ¿Clarisse McClellan? Tenemos ficha de toda su
familia. Les hemos vigilado cuidadosamente. La herencia y el medio ambiente
hogareño puede deshacer mucho de lo que se inculca en el colegio. Por eso
hemos ido bajando, año tras año la edad de ingresar en el parvulario, hasta que,
ahora, casi arrancamos a los pequeños de la cuna. Tuvimos falsas alarmas con
los McCIellan cuando vivían en Chicago. Nunca les encontramos un libro. El
historial confuso, es antisocial. ¿La muchacha? Es una bomba de relojería. La
familia había estado influyendo en su subconsciente, estoy seguro, por lo que
pude ver en su historial escolar. Ella no quería saber cómo se hacía algo, sino por
qué. Esto puede resultar embarazoso. Se pregunta el porqué de una serie de
cosas y se termina sintiéndose muy desdichado. Lo mejor que podía pasarle a la
pobre chica era morirse.
-Sí, morirse.
-Afortunadamente, los casos extremos como ella no aparecen a menudo.
Sabemos cómo eliminarlos en embrión No se puede construir una casa sin clavos
en la madera. Si no quieres que un hombre se sienta políticamente desgraciado,
no le enseñes dos aspectos de una misma cuestión, para preocuparle; enséñale
sólo uno. o, mejor aún, no le des ninguno. Haz que olvide que existe una cosa
llamada guerra. Si el Gobierno es poco eficiente, excesivamente intelectual o
aficionado a aumentar los impuestos, mejor es que sea todo eso que no que la
gente se preocupe por ello. Tranquilidad, Montag. Dale a la gente concursos que
puedan ganar recordando la letra de las canciones más populares, o los nombres
de las capitales de Estado, o cuánto maíz produjo lowa el año pasado. Atibórralos
de datos no combustibles, lánzales encima tantos «hechos» que se sientan
abrumados, pero totalmente al día en cuanto a información. Entonces, tendrán la
sensación de que piensan, tendrán la impresión de que se mueven sin moverse. Y
serán felices, porque los hechos de esta naturaleza no cambian. No les des
ninguna materia delicada como Filosofía o Sociología para que empiecen a atar
cabos. Por ese camino se encuentra la melancolía. Cualquier hombre que pueda
desmontar un mural de televisión y volver a armarlo luego, y, en la actualidad, la
mayoría de los hombres pueden hacerlo, es más feliz que cualquier otro que trata
de medir, calibrar y sopesar el Universo, que no puede ser medido ni sopesado sin
que un hombre se sienta bestial y solitario. Lo sé, lo he intentado ¡Al diablo con
ello! Así, pues, adelante con los clubs las fiestas, los acróbatas y los
prestidigitadores, los coches a reacción, las bicicletas helicópteros, el sexo y las