62
drogas, más de todo lo que esté relacionado con reflejos automáticos. Si el drama
es malo, si la película no dice nada, si la comedia carece de sentido, dame una
inyección de teramina. Me parecerá que reacciono con la obra, cuando sólo se
trata de una reacción táctil a las vibraciones. Pero no me importa. Prefiero un
entretenimiento completo.
Beatty se puso en pie.
-He de marcharme. El sermón ha terminado. Espero haber aclarado conceptos. Lo
que importa que recuerdes, Montag, es que tú, yo y los demás somos los
Guardianes de la Felicidad. Nos enfrentamos con la pequeña marea de quienes
desean que todos se sientan desdichados con teorías y pensamientos
contradictorios. Tenemos nuestros dedos en el dique. Hay que aguantar firme. No
permitir que el torrente de melancolía y la funesta Filosofía ahoguen nuestro
mundo. Dependemos de ti. No creo que te des cuenta de lo importante que eres
para nuestro mundo feliz, tal como está ahora organizado.
Beatty estrechó la fláccida mano de Montag. Éste permanecía sentado, como si la
casa se derrumbara a alrededor y él no pudiera moverse. Mildred había
desaparecido en el umbral.
-Una cosa más -dijo Beatty-. Por lo menos, una vez en su carrera siente esa
comezón. Empieza a preguntarse qué dicen los libros. Oh, hay que aplacar esa
comezón, ¿eh? Bueno, Montag, puedes creerme, he tenido que leer algunos libros
en mi juventud, para saber de qué trataban. Y los libros no dicen nada. Nada que
pueda enseñarse o creerse. Hablan de gente que existe, de entes imaginarios, si
se trata de novelas. Y si no lo son, aún peor: un profesor que llama idiota a otro
filósofo que critica al de más allá. Y todos arman jaleo, apagan las estrellas y
extinguen el sol. Uno acaba por perderse.
-Bueno, entonces, ¿qué ocurre si un bombero accidentalmente, sin proponérselo
en realidad, se lleva un libro a su casa?
Montag se crispó. La puerta abierta le miraba con su enorme ojo vacio.
-Un error lógico. Pura curiosidad -replicó Beatty- No nos preocupamos ni
enojamos en exceso. Dejamos que el bombero guarde el libro veinticuatro horas.
Si para entonces no lo ha hecho él, llegamos nosotros y lo quemamos
-Claro.
La boca de Montag estaba reseca.
-Bueno, Montag. ¿Quieres coger hoy otro turno? ¿Te veremos esta noche?
-No lo sé -dijo Montag-.