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-¿Qué?
Beatty se mostró levemente sorprendido.
Montag cerró los ojos.
-Más tarde iré. Quizá.
-Desde luego, si no te presentaras, te echaríamos en falta -dijo Beatty,
guardándose la pipa en un bolsillo con expresión pensativa-.
«Nunca volveré a comparecer por allí», pensó Montag.
-Bueno, que te alivies -dijo Beatty-.
Dio la vuelta y se marchó.
Montag vigiló por la ventana la partida de Beatty en su vehículo de brillante color
amarillo anaranjado, con los neumáticos negros como el carbón.
Al otro lado de la calle, hacia abajo, las casas se erguían con sus lisas fachadas.
¿Qué había dicho Clarisse una tarde? «Nada de porches delanteros. Mi tío dice
que antes solía haberlos. Y la gente, a veces, se sentaba por las noches en ellos,
charlando cuando así lo
deseaba, meciéndose y guardando silencio cuando no quería hablar. Otras veces
permanecían allí sentados, meditando sobre las cosas. Mi tío dice que los
arquitectos prescindieron de los porches frontales porque estéticamente no
resultaban. Pero mi tío asegura que éste fue sólo un pretexto. El verdadero
motivo, el motivo oculto, pudiera ser que no querían que la gente se sentara de
esta manera, sin hacer nada, meciéndose y hablando. Éste era el aspecto malo de
la vida social. La gente hablaba demasiado. Y tenía tiempo para pensar. Entonces,
eliminaron los porches. Y también los jardines. Ya no más jardines donde poder
acomodarse. Y fíjese en el mobiliario. Ya no hay mecedoras. Resultan demasiado
cómodas. Lo que conviene es que la gente se levante y ande por ahí. Mi tío dice...
Y mi tío... Y mi tío ... »
La voz de ella fue apagándose.
Montag se volvió y miró a su esposa, quien, sentada en medio de la sala de estar,
hablaba a un presentador quien, a su vez, le hablaba a ella.
-Mrs. Montag -decía él. Esto, aquello y lo más allá-. Mrs. Montag...
Algo más, y vuelta a empezar. El aparato conversor, que les había costado un
centenar de dólares, suministraba automáticamente el nombre de ella siempre que