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-He de hacer algo -dijo Montag-. Todavía no qué, pero será algo grande.
-Estoy cansada de escuchar estas tonterías -dijo Mildred, volviendo a concentrar
su atención en el presentador-.
Montag tocó el control de volumen de la pared y el presentador se quedó sin voz.
-Millie. -Hizo una pausa.- Ésta es tu casa lo mismo que la mía. Considero justo
decirte algo. Hubiera debido hacerlo antes, pero ni siquiera lo admitía
interiormente. Tengo algo que quiero que veas, algo que he separado y escondido
durante el año pasado, de cuando, en cuando, al presentarse una oportunidad, sin
saber por qué, pero también sin decírtelo nunca.
Montag cogió una silla de recto respaldo, la desplazó lentamente hasta el
vestíbulo, cerca de la puerta del entrada, se encaramó en ella, y permaneció por
un momento como una estatua en un pedestal, en tanto que su esposa, con la
cabeza levantada, le observaba. Entonces Montag levantó los brazos, retiró la reja
del sistema de acondicionamiento de aire y metió la mano muy hacia la derecha
hasta mover otra hoja deslizante de metal; después, sacó un libro. Sin mirarlo, lo
dejó caer al suelo. Volvió a meter la mano y sacó dos libros, bajó la mano y los
dejó caer al suelo. Siguió actuando Y dejando caer libros pequeños, grandes,
amarillos, rojos, verdes. Cuando hubo terminado, miró la veintena de libros que
yacían a los pies de su esposa.
-Lo siento -dijo-. Nunca me había detenido meditarlo. Pero ahora parece como si
ambos estuviésemos metidos en esto.
Mildred retrocedió como si, se viese de repente, delante de una bandada de
ratones que hubiese surgido de improviso del suelo.
Montag oyó la rápida respiración de ella, vio la palidez de su rostro y cómo sus
ojos se abrían de par en par. Ella pronunció su nombre, dos, tres veces. Luego,
exhalando un gemido, se adelantó corriendo, cogió un libro y se precipitó hacia el
incinerador de la cocina.
Montag la detuvo, mientras ella chillaba. La sujetó y Mildred trató de soltarse,
arañándole.
-¡No, Millie, no! ¡Espera! ¡Deténte! Tú no sabes...
-¡Cállate!
La abofeteó, la cogió de nuevo y la sacudió.
Ella pronunció su nombre y empezó a llorar.