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sala de estar aparecía vacía y poco acogedora en sus paredes iluminadas de
confeti naranja y amarillo, y cohetes, y mujeres en trajes de lamé dorado, y
hombres de frac sacando conejos de sombreros plateados. La sala de estar
resultaba muerta, y Mildred le lanzaba continuas e inexpresivas miradas, en tanto
que Montag andaba de un lado al otro del vestíbulo para agacharse y leer una
página en voz alta.
No podemos determinar el momento concreto en que nace la amistad. Como al
llenar un recipiente gota a gota, hay una gota final que lo hace desbordarse, del
mismo modo, en una serie de gentilezas hay una final que acelera los latidos del
corazón.
Montag se quedó escuchando el ruido de la lluvia.
-¿Era eso lo que había en esa muchacha de al lado? ¡He tratado de
comprenderlo!
-Ella ha muerto. Por amor de Dios, hablemos de alguien que esté vivo.
Montag no miró a su esposa al atravesar el vestíbulo y dirigirse a la cocina, donde
permaneció mucho rato, observando cómo la lluvia golpeaba los cristales.
Después, regresó a la luz grisácea del vestíbulo y esperó a que se calmara el
temblor que sentía en todo su cuerpo.
Abrió otro libro.
-
El tema favorito, yo
.
Miró de reojo a la pared.
-
El tema favorito, yo.
-Eso sí que no lo entiendo -dijo Mildred-,
-Pero el tema favorito de Clarisse no era ella. Era cualquier otro, y yo. Fue la
primera persona que he llegado a apreciar en muchos años. Fue la primera
persona que recuerde que me mirase cara a cara, como si fuese importante. -
Montag cogió los dos libros-. Esos hombres llevan muertos mucho tiempo, pero yo
sé que sus palabras señalan, de una u otra manera, a Clarisse
Por el exterior de la puerta de la calle, en la lluvia, se oyó un leve arañar.
Montag se inmovilizó. Vio que Mildred se echaba hacia atrás, contra la pared, y
lanzaba una exclamación ahogada.
-Está cerrada.