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-Hay alguien... La puerta... ¿Por qué la voz no nos dice ... ?
Por debajo de la puerta, un olfateo lento, una exhalación de corriente eléctrica.
Mildred se echó a reír.
-¡No es más que un perro! ¿Quieres que lo ahuyente?
-¡Quédate donde estás!
Silencio. La fría lluvia caía. Y el olor a electricidad azul soplando por debajo de la
puerta cerrada.
-Sigamos trabajando -dijo Montag-.
Mildred pegó una patada a un libro.
-Los libros no son gente. Tú lees y yo estoy sin hacer nada, pero no hay nadie.
Montag contempló la sala de estar, totalmente apagada y gris como las aguas de
un océano que podían estar llenas de vida si se conectaba el sol electrónico
-En cambio -dijo Mildred-, mi «familia» si es mi gente. Me cuentan cosas. ¡Me río y
ellos se ríen' ¡Y los colores!
-Si, lo sé
-Y, además, si el capitán Beatty se enterase de lo de esos libros... -Mildred
recapacitó. Su rostro mostró sorpresa y, después, horror-. ¡Podría venir y quemar
la casa y la «familia»! ¡Esto es horrible! Piensa en nuestra inversión. ¿Por qué he
de leer yo? ¿Para qué?
-¡Para qué! ¡Por qué! -exclamó Montag-. La otra noche vi la serpiente más terrible
del mundo. Estaba muerta y, al mismo tiempo, viva. Fue en el Hospital de
Urgencia donde llenaron un informe sobre todo lo que la serpiente sacó de ti.
¿Quieres ir y comprobar su archivo? Quizás encontrases algo bajo Guy Montag o
tal vez bajo Miedo o Guerra. ¿Te gustaría ir a esa casa que quemamos anoche?
¡Y remover las cenizas buscando los huesos de la mujer que prendió fuego a su
propia casa! ¿Qué me dices de Clarisse McCIellan? ¿Dónde hemos de buscarla?
¡En el depósito! ¡Escucha!
Los bombarderos atravesaron el cielo, sobre la casa, silbando, murmurando, como
un ventilador inmenso e invisible que girara en el vacío.
-¡Válgame Diosl -dijo Montag-. Siempre tantos chismes de ésos en el cielo.
¿Cómo diantres están esos bombarderos ahí arriba cada segundo de nuestras
vidas? ¿Por qué nadie quiere hablar acerca de ello? Desde 1960, iniciamos y