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éste se dio cuenta de que era un poema sin rima. Después, el viejo aún se mostró
más audaz y dijo algo, y también se trataba de un poema. Faber apoyó una mano
sobre el bolsillo izquierdo de su chaqueta y pronunció las palabras con suavidad, y
Montag comprendió que, si alargaba la mano, sacaría del bolsillo del viejo un libro
de poesías. Pero no lo hizo. Sus manos permanecieron sobre sus rodillas,
entumecidas e inútiles.
-No hablo de cosas, señor -dijo Faber-. Hablo del significado de las cosas. Me
siento aquí y sé que estoy vivo.
En realidad, eso fue todo. Una hora de monólogo, un poema, un comentario; y,
luego, sin ni siquiera aludir el hecho de que Montag era bombero, Faber, con
cierto temblor, escribió su dirección en un pedacito de papel.
-Para su archivo -dijo-, en el caso de que decida enojarse conmigo.
-No estoy enojado -dijo Montag sorprendido-.
Mildred rió estridentemente en el vestíbulo.
Montag fue al armario de su dormitorio y buscó en su pequeño archivo, en la
carpeta titulada: FUTURAS INVESTIGACIONES (?). El nombre de Faber estaba
allí. Montag no lo había entregado, ni borrado.
Marcó el número de un teléfono secundario. En el otro extremo de la línea, el
altavoz repitió el nombre de Faber una docena de veces antes de que el profesor
contestara con voz débil. Montag se identificó y fue correspondido con un
prolongado silencio.
-Dígame, Mr. Montag.
-Profesor Faber, quiero hacerle una pregunta bastante extraña, ¿Cuántos
ejemplares de la Biblia quedan en este país?
-¡No sé de qué me está hablando!
-quiero saber si queda algún ejemplar.
-¡Esto es una trampa! ¡No puedo hablar con el primero que me llama por teléfono!
-¿Cuántos ejemplares de Shakespeare y de Platón?
-¡Ninguno! Lo sabe tan bien como yo. ¡Ninguno!
Faber colgó.