72
Montag dejó el aparato. Ninguno. Ya lo sabía, de luego, por las listas del cuartel
de bomberos. Pero, sin embargo, quiso oírlo de labios del propio Faber.
En el vestíbulo, el rostro de Mildred estaba lleno de excitación.
-¡Bueno, las señoras van a venir!
Montag le enseñó un libro.
-Éste es el Antiguo y el Nuevo Testamento, y...
-¡No empieces otra vez con eso!
-Podría ser el último ejemplar en esta parte del mundo.
-¡Tienes que devolverlo esta misma noche! El capitán Beatty sabe que lo tienes,
¿no es así?
-No creo que sepa qué libro robé. Pero, ¿cómo escojo un sustituto? ¿Deberé
entregar a Mr. Jefferson? ¿A Mr. Thoreau? ¿Cuál es menos valioso? Si escojo un
sustituto y Beatty sabe qué libro robé supondrá que tengo toda una biblioteca aquí.
Mildred contrajo los labios.
-¿Ves lo que estás haciendo? ¡Nos arruinarás ¿Quien es mas importante, yo o esa
Biblia?
Empezaba a chillar, sentada como una muñeca de cera que se derritiese en su
propio calor.
Le parecía oír la voz de Beatty.
-Siéntate, Montag. Observa. Delicadamente, como pétalos de una flor. Cada una
se convierte en una mariposa negra. Hermoso, ¿verdad? Enciende la tercera
página con la segunda y así sucesivamente, quemando en cadena, capítulo por
capítulo, todas las cosas absurdas que significan las palabras, todas las falsas
promesas, todas las ideas de segunda mano y las filosofías estropeadas por el
tiempo.
Beatty estaba sentado allí levemente sudoroso, mientras el suelo aparecía
cubierto de enjambres de polillas nuevas que habían muerto en una misma
tormenta.
Mildred dejó de chillar tan bruscamente como había empezado. Montag no la
escuchaba.