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-Sólo hay una cosa que hacer -dijo-. Antes de que llegue la noche y deba entregar
el libro a Beatty, tengo que conseguir un duplicado.
-¿Estarás aquí esta noche para ver al Payaso Blanco y a las señoras que
vendrán? -preguntó Mildred-.
Montag se detuvo junto a la puerta, de espaldas.
-Millie...
Un silencio.
-¿Qué?
-Millie, ¿te quiere el Payaso Blanco?
No hubo respuesta.
-Millie, te... -Montag se humedeció los labios- ¿Te quiere tu «familia»? ¿Te quiere
muchísimo, con toda el alma y el corazón, Millie?
Montag sintió que ella parpadeaba lentamente.
-¿Por qué me haces una pregunta tan tonta?
Montag sintió deseos de llorar, pero nada ocurrió en sus ojos o en su boca.
-Si ves a ese perro ahí fuera -dijo Mildred-, Pégale un puntapié de parte mía.
Montag vaciló, escuchó junto a la puerta. La abrió Y salió.
La lluvia había cesado y el sol aparecía en el claro cielo. La calle, el césped y el
porche estaban vacíos. Montag exhaló un gran suspiro.
Cerró, dando un portazo.
Estaba en el «Metro».
«Me siento entumecido -pensó-. ¿Cuándo ha empezado ese entumecimiento en
mi rostro, en mi cuerpo? La noche en que, en la oscuridad, di un puntapié a la
botella de píldoras, y fue como si hubiera pisado una mina enterrada.
»El entumecimiento desaparecerá. Hará falta tiempo, pero lo conseguiré, o Faber
lo hará por mi. Alguien, en algún sitio, me devolverá el viejo rostro y las viejas
manos tal como habían sido. Incluso la sonrisa -Pensó-, la vieja y profunda sonrisa
que ha desaparecido. Sin ella esto perdido.»