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El convoy pasó veloz frente a él, crema, negro, creema, negro, números y
oscuridad, más oscuridad Y el total sumándose a sí mismo.
En una ocasión, cuando niño, se había sentado en una duna amarillenta junto al
mar, bajo el cielo azul y el calor de un día de verano, tratando de llenar de arena
una criba, porque un primo cruel había dicho: «Llena esta criba, y ganarás un
real.» Y cuanto más aprisa echaba arena, más velozmente se escapaba ésta
produciendo un cálido susurro. Le dolían las manos, la arena ardía, la criba estaba
vacía. Sentado allí, en pleno mes de julio, sin un sonido, sintió que las lágrimas
resbalaban por sus mejillas.
Ahora, en tanto que el «Metro» neumático le llevaba velozmente por el subsuelo
muerto de la ciudad Montag recordó la lógica terrible de aquella criba bajó la
mirada y vio que llevaba la Biblia abierta. Había gente en el «Metro», pero él
continuó con el libro en la mano, y se le ocurrió una idea absurda: «Si lees aprisa y
lo lees todo, quizá una parte de la arena permanezca en la criba.» Pero Montag
leía y las palabras le atravesaban y pensó: «Dentro de unas pocas horas estará
Beatty y estaré yo entregándole esto, de modo que no debe escapárseme ninguna
frase. Cada línea ha de ser recordada. Me obligaré a hacerlo.» Apretó el libro
entre sus puños
Tocaron las trompetas.
«Dentífrico Denham.»
«Cállate -pensó Montag-. Considera los lirios en el campo.»
«Dentífrico Denham.»
«No mancha ... »
«Dentífrico ... »
«Considera los lirios en el campo, cállate, cállate.»
«¡Denharn!»
Montag abrió violentamente el libro, pasó las páginas y las palpó como si fuese
ciego, fijándose en la forma de las letras individuales, sin parpadear.
«Denham. eletreando: D-e-n ... »
«No mancha, ni tampoco...»
Un fiero susurro de arena caliente a través de la criba vacía.