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que dejaba la puerta corrediza. Corrió hacia arriba por los túneles, ignorando las
escaleras mecánicas, porque deseaba sentir cómo movían sus pies, cómo se
balanceaban sus brazos , se hinchaban y contraían sus pulmones, cómo se
resecaba su garganta en el aire. Una voz fue apagándose detrás de él: «Denham,
Denharn». El, tren silbó como una serpiente y desapareció en su agujero.
-¿Quién es?
-Montag.
-¿Qué desea?
-Dejeme pasar.
-¡No he hecho nada!
-¡Estoy solo, maldita sea!
-¿Lo jura?
-¡Lo juro!
La puerta se abrió lentamente. Faber atisbó, parecía muy viejo, muy frágil y muy
asustado. El tenía aspecto de no haber salido de la casa en años. Él y las paredes
blancas de yeso del interior eran muy semejantes. Había blancura en la pulpa de
sus labios, en sus mejillas, y su cabello era blanco, mientras sus ojos se habían
descubierto, adquiriendo un vago color azul blancuzco. Luego, su mirada se fijó en
el libro que Montag llevaba bajo el brazo, y ya no pareció tan viejo ni tan frágil.
Lentamente, su miedo desapareció.
-Lo siento. Uno ha de tener cuidado.
Miró el libro que Montag llevaba bajo el brazo y no pudo callar.
-De modo que es cierto.
Montag entró. La puerta se cerró.
-Siéntese.
Faber retrocedió, como temiendo que el libro pudiera desvanecerse si apartaba de
él su mirada. A su espalda, la puerta que comunicaba con un dormitorio estaba
abierta, y en esa habitación había esparcidos diversos fragmentos de maquinaria,
así como herramientas de acero. Montag sólo pudo lanzar una ojeada antes de
que Faber, al observar la curiosidad de Montag, se volviese rápidamente, cerrara