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la puerta del dormitorio y sujetase el pomo con mano temblorosa. Su mirada volvió
a fijarse, insegura, en Montag, quien se había sentado y tenía el libro en su
regazo.
-El libro... ¿Dónde lo ha ... ?
-Lo he robado.
Por primera vez, Faber enarcó las cejas y miró directamente al rostro de Montag.
-Es usted valiente.
-No -dijo Montag---. Mi esposa está muriéndose. Una amiga mía ha muerto ya.
Alguien que hubiese podido ser un amigo, fue quemado hace menos de
veinticuatro horas. Usted es el único que me consta podría ayudarme. A ver. A
ver...
Las manos de Faber se movieron inquietas sobre sus rodillas.
-¿Me permite? Disculpe.
Montag le entregó el libro.
-Hace muchísimo tiempo. No soy una persona religiosa. Pero hace muchísimo
tiempo. -Faber fue pasando las páginas, deteniéndose aquí y allí para leer.--, tan
bueno como creo recordar. Dios mío, de qué modo lo han cambiado en nuestros
«salones». Cristo es uno de la «familia». A menudo, me pregunto si reconocerá a
Su propio Hijo tal como lo hemos disfrazado. Ahora, es un caramelo de menta,
todo azúcar y esencia, cuando no hace referencias veladas a ciertos productos
comerciales que todo fiel necesita imprescindiblemente. -Faber olisqueó el libro-.
¿Sabía que los libros huelen a nuez moscada o a alguna otra especia procedente
de una tierra lejana? De niño, me encantaba olerlos. ¡Dios mío! En aquella época,
había una serie de libros encantadores, antes de que los dejáramos desaparecer.
-Faber iba pasando las páginas-. Mr. Montag, está usted viendo a un cobarde.
Hace muchísimo tiempo, vi cómo iban las cosas. No dije nada. Soy uno los
inocentes que hubiese podido levantar la voz cuando nadie estaba dispuesto a
escuchar a los «culpable», pero no hablé y, de este modo, me convertí, a mi vez
un culpable. Y cuando, por fin, establecieron el mecanismo para quemar los libros,
por medio de los bomberos, rezongué unas cuantas veces y me sometí, porque ya
no había otros que rezongaran o gritaran conmigo. Ahora es demasiado tarde.. -
Faber cerró la Biblia-. Bueno ¿Y si me dijera para qué ha venido?
-Nadie escucha ya. No puedo hablar a las paredes porque éstas están
chillándome a mí. No puedo hablar con mi esposa, porque ella escucha a las
paredes. Sólo quiero alguien que oiga lo que tengo que decir. Y quizás si hablo lo
suficiente, diga algo con sentido. Y quiero que me enseñe usted a comprender lo
que leo.