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-Corre usted un riesgo.
-Eso es lo bueno de estar moribundo. Cuando no se tiene nada que perder,
pueden correrse todos los riesgos.
-¡Acaba de decir usted una frase interesante! -dijo, riendo, Faber-. Incluso sin
haberla leído.
-En los libros hay cosas así. Pero ésta se me ha ocurrido a mí solo.
-Tanto mejor. No la ha inventado para mí o para nadie ni siquiera para sí mismo.
Montag se inclinó hacia delante.
-Esta tarde, se me ha ocurrido que si resultaba que los libros merecían la pena,
podíamos conseguir prensa e imprimir algunos ejemplares...
-¿Podríamos?
-Usted y yo.
-¡Oh, no!
Faber se irguió en su asiento.
-Déjeme que le explique mi plan...
-Si insiste en contármelo, deberé pedirle que se marche.
-Pero, ¿no está usted interesado?
-No, si empieza a hablar de algo que podría hacerme terminar entre las llamas.
Sólo podría escucharle, si la estructura de los bomberos pudiese arder, a su vez,
Ahora bien, si sugiere usted que imprimamos algunos libros y nos las arreglemos
para esconderlos en los cuarteles de bomberos de todo el país, de modo que las
sospechas cayesen sobre esos incendiarios, diría: ¡Bravo!
-Dejar los libros, dar la alarma y ver cómo arden los cuarteles de bomberos. ¿Es
eso lo que quiere decir?
Faber enarcó las cejas y miró a Montag como si estuviese viendo a otro hombre.
-Estaba bromeando.
-Si cree que valdría la pena intentar ese plan, tendría que aceptar su palabra de
que podría ayudarnos.