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Montag permaneció quieto, esperando a que ocurriera algo. Sus manos, por sí
solas, como dos hombres que trabajaran juntos, empezaron a arrancar las páginas
de] libro. Las manos desgarraron la cubierta y, después, la primera y la segunda
página.
-¡Estúpido! ¿Qué está haciendo?
Faber se levantó de un salto, como si hubiese recibido un golpe. Cayó sobre
Montag. Éste le rechazó y dejó que sus manos prosiguieran. Seis páginas más
cayeron al suelo. Montag las recogió y agitó el papel bajo las narices de Faber.
-¡No, oh, no lo haga! -dijo el viejo-.
-¿Quién puede impedírmelo? Soy bombero. ¡Puedo quemarlo!
El viejo se le quedó mirando.
-Nunca haría eso.
-¡Podría!
-El libro. No lo desgarre más. -Faber se derrumbó en una silla, con el rostro muy
pálido y la boca temblorosa-. No haga que me sienta más cansado. ¿Qué desea?
-Necesito que me enseñe.
-Está bien, está bien.
Montag dejó el libro. Empezó a recoger el papel arrugado Y a alisarlo, en tanto
que el viejo le miraba con expresión de cansancio.
Faber sacudió la cabeza como si estuviese despertando en aquel momento.
-Montag, ¿tiene dinero?
-Un poco. Cuatrocientos o quinientos dólares qué?
-Tráigalos. Conozco a un hombre que, hace medio siglo, imprimió el diario de
nuestra Universidad. Fue el año en que, al acudir a la clase, al principio del nuevo
semestre, sólo encontré a un estudiante que quisiera seguir el curso dramático,
desde Esquilo hasta O'Neil ¿Lo ve? Era como una hermosa estatua de hielo que
se derritiera bajo el sol. Recuerdo que los diarios morían como gigantescas
mariposas. No interesaban a nadie. Nadie les echaba en falta. Y el Gobierno, al
darse cuenta de lo ventajoso que era que la gente leyese sólo acerca de labios
apasionados y de puñetazos en el estómago, redondeó la situación con sus
devoradores llameantes. De modo, Montag, que hay ese impresor sin trabajo.