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Podríamos empezar con unos pocos libros, y esperar a que la guerra cambiara las
cosas y nos diera el impulso que necesitarnos. Unas cuantas bombas, y en las
paredes de todas las casas las «familias» desaparecerán como ratas asustadas.
En el silencio, nuestro susurro pudiera ser oído.
Ambos se quedaron mirando el libro que había en la mesa.
-He tratado de recordar -dijo Montag-. Pero ¡diablo!, en cuanto vuelvo la cabeza, lo
olvido. ¡Dios! ¡Cuánto deseo tener algo que decir al capitán! Ha leído bastante, y
se sabe todas las respuestas, o lo parece. Su voz es como almíbar. Temo que me
convenza para que vuelva a ser como era antes. Hace sólo una semana, mientras
rociaba con petróleo unos libros, pensaba: «¡Caramba, qué divertido!»
El viejo asintió con la cabeza.
-Los que no construyen deben destruir. Es algo tan viejo como la Historia y la
delincuencia juvenil.
-De modo que eso es lo que yo soy.
-En todos nosotros hay algo de ello.
Montag se dirigió hacia la puerta de la calle.
-¿Puede ayudarme de algún modo para esta noche, con mi capitán? Necesito un
paraguas que me proteja de 1a lluvia. Estoy tan asustado que me ahogaré si
vuelve a meterse conmigo.
El viejo no dijo nada, y miró otra vez hacia su dormitorio, muy nervioso.
Montag captó la mirada.
-¿Bien?
El viejo inspiró profundamente, retuvo el aliento y, luego, lo exhaló. Repitió la
operación, con los ojos cerrados, la boca apretada, y, por último, soltó el aire.
-Montag...
El viejo acabó por volverse y decir:
-Venga. En realidad, me proponía dejar que se marchara de mi casa. Soy un viejo
tonto y cobarde.
Faber abrió la puerta del dormitorio e introdujo a Montag en una pequeña
habitación, donde había una mesa sobre la que se encontraba cierto número de