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herramientas metálicas, junto con un amasijo de alambres microscópicos,
pequeños resortes, bobinas y lentes.
-¿Qué es eso? -preguntó Montag-.
-Una prueba de mi tremenda cobardía. He vivido solo demasiados años, arrojando
con mi mente imágenes a las paredes. La manipulación de aparatos electrónicos y
radiotransmisores ha sido mi entretenimiento. Mi cobardía es tan apasionada,
complementando el espíritu revolucionario que vive a su sombra, que me he visto
obligado a diseñar esto.
Faber cogió un pequeño objeto de metal, no mayor que una bala de fusil.
-He pagado por esto... ¿Cómo? Jugando a la Bolsa, claro está, el último refugio
del mundo para los intelectuales peligrosos y sin trabajo. Bueno, he jugado a la
Bolsa, he construido todo esto y he esperado. He esperado , temblando, la mitad
de mi vida, a que alguien me hablara. No me atrevía a hacerlo con nadie. Aquel
día, en el parque, cuando nos sentamos juntos, comprendí que alguna vez quizá
se presentase usted, con fuego o amistad, resultaba dificil adivinarlo. Hace meses
que tengo preparado este aparatito. Pero he estado a punto de dejar que se
marchara usted, tanto miedo tengo.
-Parece una radio auricular.
-¡Y algo más! ¡Oye! Si se lo pone en su oreja, Montag, puedo sentarme
cómodamente en casa, calentando mis atemorizados huesos, y oír y analizar el
mundo de
los bomberos, descubrir sus debilidades, sin peligro, Soy la reina abeja, bien
segura en la colmena. Usted será el zángano, la oreja viajera. En caso necesario,
podría
colocar oídos en todas las partes de la ciudad, con diversos hombres, que
escuchen y evalúen. Si los zánganos mueren, yo sigo a salvo en casa, cuidando
mi temor con
un máximo de comodidad y un mínimo de peligro. ¿Se da cuenta de lo precavido
que llego a ser, de lo despreciable que llego a resultar?
Montag se colocó el pequeño objeto metálico en la oreja. El viejo insertó otro
similar en la suya y movió los labios.
-¡Montag!
La voz sonó en la cabeza de Montag.
-¡Le oigo!
Faber se echó a reír.