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-¡Su voz también me llega perfectamente! -Susurró el viejo. Pero la voz sonaba
con claridad en la cabeza de Montag-. Cuando sea hora, vaya al cuartel de
bomberos Yo estaré con usted. Escuchemos los dos a ese capitán Beatty.
Pudiera ser uno de los nuestros. ¡Sabe Dios! Le diré lo que debe decir.
Representaremos una buena comedia para él. ¿Me odia por esta cobardía
electrónica? Aquí estoy, enviándole hacia el peligro, en tanto que yo me quedo en
las trincheras, escuchando con mi maldito aparato cómo usted se juega la cabeza.
-Todos hacemos lo que debemos hacer -dijo Montag-. Puso la Biblia en manos del
viejo-. Tome. Correré el riesgo de entregar otro libro. Mañana...
- Veré al impresor sin trabajo. Sí, eso puedo hacerlo.
-Buenas noches, profesor.
_No, buenas noches, no. Estaré con usted el resto de la noche, como un insecto
que le hostigará el oído me necesite. Pero, de todos modos, buenas noches y
buena suerte.
La puerta se abrió y se cerró. Montag se encontró otra vez en la oscura calle,
frente al mundo.
Podía percibirse cómo la guerra se iba gestando aquella noche en el cielo. La
manera como las nubes desaparecían y volvían a asomar, y el aspecto de las
estrellas, un millón de ellas flotando entre las nubes, como los discos enemigos, y
la sensación de que el cielo podía caer sobre la ciudad y convertirla en polvo,
mientras la luna estallaba en fuego rojo; ésa era la sensación que producía la
noche.
Montag salió del «Metro» con el dinero en el bolsillo. Había visitado el Banco que
no cerraba en toda la noche, gracias a su servicio de cajeros automáticos, y
mientras andaba, escuchaba la radio auricular que llevaba en una oreja... «Hernos
movilizado a un millón de hombres. Conseguiremos una rápida victoria si estalla la
guerra ... » La música dominó rápidamente la voz y se apagó después.
-Diez millones de hombres movilizados -susurró la voz de Faber en el otro oído de
Montag-. Pero dice un millón. Resulta más tranquilizador.
-¿Faber?
-Si.
-No estoy pensando. Sólo hago lo que se me dice, como siempre. Usted me ha
pedido que tuviera dinero, y ya lo tengo. Ni siquiera me he parado a meditarlo.
¿Cuando empezaré a tener iniciativas propias?