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-Ha empezado ya, al pronunciar esas palabras. Tendrá que fiarse de mí.
-¡Me he estado fiando de los demás!
-Sí, y fijese adónde hemos ido a parar. Durante algún tiempo, deberá caminar a
ciegas. Aquí está mi brazo para guiarle.
-No quiero cambiar de bando y que sólo se me diga lo que debo hacer. En tal
caso, no habría razón para el cambio.
-¡Es usted muy sensato!
Montag sintió que sus pies le llevaban por la acera hacia su casa.
-Siga hablando.
-¿Le gustaría que leyese algo? Lo haré para que pueda recordarlo. Por las
noches, sólo duermo cinco horas. No tengo nada que hacer. De modo que, si 1o
desea, le leeré durante las noches. Dicen que si alguien te susurra los
conocimientos al oído incluso estando dormido, se retienen.
-Sí.
-¡Ahí va! -Muy lejos, en la noche, al otro lado de la ciudad, el levísimo susurro de
una página al volverse-. El Libro de Job.
La luna se elevó en el cielo, en tanto que Montag andaba. Sus labios se movían
ligerísimamente.
Eran las nueve de la noche y estaba tomando un cena ligera cuando se oyó el
ruido de la puerta de 1a calle y Mildred salió corriendo como un nativo que huyera
de una erupción del Vesubio. Mrs. Phelps Y Mrs. Bowles entraron por la puerta de
la calle y se desvanecieron en la boca del volcán con «martinis» en sus manos.
Montag dejó de comer. Eran como un monstruoso candelabro de cristal que
produjese un millar de sonidos, y Montag vio sus sonrisas felinas atravesando las
paredes de la casa y cómo chillaban para hacerse oír.
Montag se encontró en la puerta del salón, con boca llena aún de comida.
-¡Todas tenéis un aspecto estupendo! Estupendo.
-¡Estás magnífica, Millie!
-Magnífica.