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-¡Es extraordinario!
-¡Extraordinario!
Montag la observó.
-Paciencia -susurró Faber-.
-No debería de estar aquí -murmuró Montag, casi para sí mismo-. Tendría que
estar en camino para llevarle el dinero.
-Mañana habrá tiempo. ¡Cuidado!
-¿Verdad que ese espectáculo es maraviloso? -preguntó Mildred-.
-¡Maravilloso!
En una de las paredes, una mujer sonreía al mismo tiempo que bebía zumo de
naranja. «¿Cómo hará las dos cosas a la vez?», pensó Montag, absurdamente. En
las otras paredes, una radiografía de la misma mujer mostraba el recorrido del
refrescante brebaje hacia el anhelante estómago. De repente, la habitación
despegó de un vuelo raudo hacia las nubes, se lanzó en picado sobre un mar
verdoso, donde peces azules se comían otros peces rojos y amarillos. Un minuto
más tarde, tres muñecos de dibujos animados se destrozaron mutuamente los
miembros con acompañamiento de grandes oleadas de risa. Dos minutos más
tarde, y la sala abandonó la ciudad para ofrecer el espectáculo de unos autos a
reacción que recorrían velozmente un autódromo golpeándose unos contra otros
incesantemente. Montag vio que algunos cuerpos volaban por el aire.
-¿Has visto eso, Millie?
-¡Lo he visto, lo he visto!
Montag alargó la mano y dio vuelta al conmutador del salón Las imágenes fueron
empequeñeciéndose como si el agua de un gigantesco recipiente de cristal, con
peces histéricos, se escapara.
Las tres mujeres se volvieron con lentitud Y miraron a Montag con no disimulada
irritación, que fue convirtiéndose en desagrado.
-¿Cuándo creéis que va a estallar la guerra? -preguntó él-. Veo que vuestros
maridos no han venido esta noche.
-Oh, vienen y van, vienen y van –dijo Mrs. Phe1ps-. Una y otra vez. El Ejército
llamó ayer a Pete. Estará de regreso la semana próxima. Eso ha dicho el Ejército.
Una guerra rápida. Cuarenta y ocho horas, y todos a casa. Eso es lo que ha dicho