89
el Ejercito. Una guerra rápida. Pete fue llamado ayer y dijeron que estaría de
regreso la semana próxima. Una guerra...
Las tres mujeres se agitaron y miraron, nerviosas, las vacías paredes.
-No estoy preocupada -dijo Mrs. Phe1ps-. Dejo que sea Pete quien se preocupe. -
Rió estridentemente-. Que sea el viejo Pete quien cargue con las preocupaciones.
No yo. Yo no estoy preocupada.
-Sí -dijo Millie-. Que el viejo Pete cargue con las preocupaciones.
-Dicen que siempre muere el marido de otra.
-También lo he oído decir. Nunca he conocido ningún hombre que muriese en una
guerra. Que se matara arrojándose desde un edificio, sí, como lo hizo marido de
Gloria, la semana pasada. Pero a causa las guerras, no.
-No a causa de las guerras -dijo Mrs. Phelps- De todos modos, Pete y yo siempre
hemos dicho que nada de lágrimas ni algo por el estilo. Es el tercer matrimonio de
cada uno de nosotros, y somos independientes. Seamos independientes, decimos
siempre. Él me dijo: «Si me liquidan, tú sigue adelante y no llores. Cásate otra vez
y no pienses en mí.»
-Ahora que recuerdo -dijo Mildred-. ¿visteis. anoche, en la televisión la aventura
amorosa de cinco minutos de Clara Dove? Bueno, pues se refería a esa mujer
que...
Montag no habló, y contempló los rostros de las mujeres, del mismo modo que, en
una ocasión, había observado los rostros de los santos en una extraña iglesia en
que entró siendo niño. Los rostros de aquellos muñecos esmaltados no
significaban nada para él, pese a que les hablaba y pasaba muchos ratos en
aquella iglesia, tratando de identificarse con la religión, de averiguar qué era la
religión, intentando absorber el suficiente incienso y polvillo del lugar para que su
sangre se sintiera afectada por el significado de aquellos hombres y mujeres
descoloridos, con los ojos de porcelana y los labios rojos como rubíes. Pero no
había nada, nada; era como un paseo por otra tienda, y su moneda era extraña y
no podía utilizarse allí, y no sentía ninguna emoción, ni siquiera cuando tocaba la
madera, el yeso y la arcilla. Lo mismo le ocurría entonces, en su propio salón, con
aquellas mujeres rebullendo en sus butacas bajo la mirada de él, encendiendo
cigarrillos, exhalando nubes de humo, tocando sus cabelleras descoloridas y
examinando sus enrojecidas uñas, que parecían arder bajo la mirada de él. Los
rostros de las mujeres fueron poniéndose tensos, en el silencio. Se adelantaron en
sus asientos al oír el sonido que produjo Montag cuando tragó el último bocado de
comida. Escucharon la respiración febril de él, Las tres vacías paredes del salón
eran como pálidos párpados de gigantes dormidos, vacíos de sueños. Montag
tuvo la impresión de que si tocaba aquellos tres párpados sentiría un ligero sudor
salobre en la punta de los dedos. La transpiración fue aumentando con el silencio,