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también respecto a sus esposos, y sobre la guerra, malditas sean!, y aquí están, y
no puedo creerlo.
-He de participarle que no he dicho ni una sola palabra acerca de ninguna guerra –
replicó Mrs. Phe1ps-.
-En cuanto a la poesía, la detesto -dijo Mrs. Bowles-.
-¿Ha leído alguna?
-Montag. -La voz de Faber resonó en su interior---. Lo hundirá todo. ¡Cállese, no
sea estúpido!
Las tres mujeres se habían puesto en pie.
-¡Siéntense!
Se sentaron.
-Me marcho a casa -tartamudeó Mrs. Bowles-.
-Montag, Montag, por favor, en nombre de Dios, ¿qué se propone usted? -suplicó
Faber-.
-¿Por qué no nos lee usted uno de esos poemas de su librito? -propuso Mrs.
Phe1ps-. Creo que sería muy interesante.
-¡Eso no está bien! -gimió Mrs. Bowles-. No podemos hacerlo.
-Bueno, mira a Mr. Montag, él lo desea, se nota. Y si escuchamos atentamente,
Mr. Montag estará contento y, luego, quizá podamos dedicarnos a otra cosa.
La mujer miró, nerviosa, el extenso vacío de las paredes que les rodeaban.
-Montag, si sigue con esto cortaré la comunicación, cerraré todo contacto -susurró
el auricular en su oído-. ¿De qué sirve esto, qué desea demostrar?
-¡Pegarles un susto tremendo, sólo eso! ÍDarles un buen escarmiento!
Mildred miró a su alrededor.
-Oye, Guy, ¿con quién estás hablando?
Una aguja de plata taladró el cerebro de Montag.