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-Montag, escuche, sólo hay una escapatoria, diga que se trata de una broma,
disimule, finja no estar enfadado. Luego, diríjase al incinerador de pared y eche el
libro dentro.
Mildred anticipó esto con voz temblorosa.
-Amigas, una vez al año, cada bombero está autorizado para llevarse a casa un
libro de los viejos tiempos, a fin de demostrar a su familia cuán absurdo era todo,
cuán nervioso puede poner a uno esas cosas, cuán demente. La sorpresa que
Guy nos reserva para esta noche es leeros una muestra que revela lo embrolladas
que están las cosas. Así pues, ninguna de nosotras tendrá que preocuparse nunca
más acerca de esa basura, ¿no es verdad?
-Diga «sí».
Su boca se movió como la de Faber:
-Sí.
Mildred se apoderó del libro, al tiempo que lanzaba una carcajada.
-¡Dame! Lee éste. No, ya lo cojo yo. Aquí está ese verdaderamente divertido que
has leído en voz alta hace un rato. Amigas, no entenderéis ni una palabra. Sólo
dice despropósitos. Adelante, Guy, es en esta página.
Montag miró la página abierta.
Una mosca agitó levemente las alas dentro de su oído.
-Lea.
-¿Cómo se titula?
-Paloma en la playa.
Tenía la boca insensible.
-Ahora, léelo en voz alta y clara, y hazlo lentamente.
En la sala, hacía un calor sofocante; Montag se sentía lleno de fuego, lleno de
frialdad; estaban sentados en medio de un desierto vacío, con tres sillas y él en
pie, balanceándose mientras esperaba a que Mrs. Phelps terminara de alisarse el
borde de su vestido, y Mrs. Bowles apartara los dedos de su cabello. Después
empezó a leer con voz lenta y vacilante, que fue afirmándose a medida que
progresaba de línea. Y su voz atravesó un desierto, la blancura, y rodeó a las tres
mujeres sentadas en aquel gigantesco vacío.