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El Mar es Fe
Estuvo una vez lleno, envolviendo la tierra.
Yacía como los pliegues de un brillante manto dorado
Pero, ahora, sólo escucho
Su retumbar melancólico, prolongado, lejano,
En receso, al aliento
Del viento nocturno, junto al melancólico borde
De los desnudos guijarros del mundo
.
Los sillones en que se sentaban las tres mujeres crujieron.
Montag terminó:
Oh, amor, seamos sinceros
El uno con el otro. Por el mundo que parece
Extenderse ante nosotros como una tierra de ensueños,
Tan diversa, tan bella, tan nueva,
Sin tener en realidad ni alegría, ni amor, ni luz,
Ni certidumbre, ni sosiego, ni ayuda en el dolor;
Y aquí estamos nosotros como en lóbrega llanura,
Agitados por confusos temores de lucha y de huida
Donde ignorantes ejércitos se enfrentan cada noche.
Mrs. Phelps estaba llorando.
Las otras, en medio del desierto, observaban su llanto que iba acentuándose al
mismo tiempo que su rostro se contraía y deformaba. Permanecieron sentadas,
sin tocarla, asombradas ante aquel espectáculo. Ella sollozaba inconteniblemente.
El propio Montag estaba sorprendido Y emocionado.
-Vamos vamos -dijo Mildred-. Estás bien, Clara, deja de llorar. Clara, ¿qué ocurre?
- Yo... yo -sollozó Mrs. Phe1ps-. No lo sé, no lo sé, es que no lo sé. ¡Oh, no...
Mrs. Bowles se levantó y miró, furiosa, a Montag.
-¿Lo ve? Lo sabía, eso era lo que quería demostrar. Sabía que había de ocurrir.
Siempre lo he dicho, poesía y lágrimas, poesía y suicidio y llanto y sentimientos
terribles, poesía y enfermedad. ¡Cuánta basura! Ahora acabo de comprenderlo.
¡Es usted muy malo, Mr. Montag, es usted muy malo!
Faber dijo:
-Ahora...