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Montag sintió que se volvía y, acercándose a la abertura que había en la pared,
arrojó el libro a las llamas que aguardaban.
-Tontas palabras, tontas y horribles palabras, que acaban por herir -dijo Mrs.
Bowles-. ¿Por qué querrá la gente herir al prójimo? Como si no hubiera suficiente
maldad en el mundo, hay que preocupar a la gente con material de este estilo.
-Clara, vamos, Clara -suplicó Mildred, tirando de un brazo de su amiga-. Vamos,
mostrémonos alegres, conecta ahora la <familia». Adelante. Riamos y seamos
felices. Vamos, deja de llorar, estamos celebrando una reunión.
-No -dijo Mrs. Bowles-. Me marcho directamente a casa. Cuando quieras visitar mi
casa y mi «familia», magnífico. ¡Pero no volveré a poner los pies en esta absurda
casa?
-Váyase a casa. -Montag fijó los ojos en ella, serenamente-. Váyase a casa y
piense en su primer marido divorciado, en su segundo marido muerto en un
reactor Y en su tercer esposo destrozándose el cerebro. Váyase a casa y piense
en eso, y en su maldita cesárea
también, y en sus hijos, que la odian profundamente, Váyanse a casa y piensen en
cómo ha sucedido todo en si han hecho alguna vez algo para impedirlo ¡Acasa, a
casa! -vociferó Montag-. Antes de que las derribe de un puñetazo y las eche a
patadas.
Las puertas golpearon y la casa quedó vacía. Montag se quedó solo en la fría
habitación, cuyas paredes tenían un color de nieve sucia.
En el cuarto de baño se oyó agua que corría. Montag escuchó cómo Mildred
sacudía en su mano las tabletas de dormir.
-Tonto, Montag, tonto. ¡Oh, Dios, qué tonto! -repetía Faber en su oído-.
-¡Cállese!
Montag se quitó la bolita verde de la oreja y se la guardó en un bolsillo.
El aparato crepitó débilmente: « ... Tonto... tonto...
Montag registró la casa y encontró los libros que Mildred había escondido
apresuradamente detrás del refrigerador. Faltaban algunos, y Montag comprendió
que ella había iniciado por su cuenta el lento proceso de dispersar la dinamita que
había en su casa, cartucho por cartucho. Pero Montag no se sentía furioso, sólo
agotado y sorprendido de sí mismo. Llevó los libros al patio posterior y los ocultó
en los arbustos contiguos a la verja que daba al callejón. Sólo por aquella noche,
en caso de que ella decida seguir utilizando el fuego.
Regresó a la casa.