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-¿Mildred?
Llamó a la puerta del oscuro dormitorio. No se oía ningún sonido.
Fuera, atravesando el césped, mientras se dirigía hacia su trabajo, Montag trató
de no ver cuán completamente oscura y desierta estaba la casa de Clarisse
McCIellan...
Mientras se encaminaba hacia la ciudad, Montag estaba tan completamente
embebido en su terrible error que experimentó la necesidad de una bondad y
cordialidad ajena, que nacía de una voz familiar y suave que hablaba en la noche.
En aquellas cortas horas le parecía ya que había conocido a Faber toda la vida.
Entonces, comprendió que él era, en realidad, dos personas, que por encima de
todo era Montag, quien nada sabía, quien ni siquiera se había dado cuenta de que
era un tonto, pero que lo sospechaba. Y supo que era también el viejo que le
hablaba sin cesar, en tanto que el «Metro» era absorbido desde un extremo al otro
de la ciudad, con uno de aquellos prolongados y mareantes sonidos de succión.
En los días subsiguientes, y en las noches en que no hubiera luna, o en las que
brillara con fuerza sobre la tierra, el viejo seguiría hablando incesantemente,
palabra por palabra, sílaba por sílaba, letra por letra. Su mente acabaría por
imponerse y ya no sería más Montag, esto era lo que le decía el viejo, se lo
aseguraba, se lo prometía. Sería Montag más Faber, fuego más agua. Y luego, un
día, cuando todo hubiese estado listo y preparado en silencio, ya no habría ni
fuego ni agua, sino vino. De dos cosas distintas y opuestas, una tercera. Y, un día,
volvería la cabeza para mirar al tonto y lo
reconocería. Incluso en aquel momento percibió el inicio del largo viaje, la
despedida, la separación del ser que hasta entonces había sido.
Era agradable escuchar el ronroneo del aparatito, el zumbido de mosquito
adormilado y el delicado murmullo de la voz del viejo, primero, riñéndole y,
después, consolándole, a aquella hora tan avanzada de la noche, mientras salía
del caluroso «Metro» y se dirigía hacia el mundo del cuartel de bomberos.
-¡Lástima, Montag, lástima! No les hostigues ni te burles de ellos. Hasta hace muy
poco, tú también has sido uno de esos hombres. Están tan confiados que siempre
seguirán así. Pero no conseguirán escapar. Ellos no saben que esto no es más
que un gigantesco y deslumbrante meteoro que deja una hermosa estela en el
espacio, pero que algún día tendrá que producir impacto. Ellos sólo ven el
resplandor, la hermosa estela, lo mismo que la veía usted.
»Montag, los viejos que se quedan en casa, cuidando sus delicados huesos, no
tienen derecho a criticar. Sin embargo, ha estado a punto de estropearlo todo
desde el principio. ¡Cuidado! Estoy con usted, no lo olvide. Me hago cargo de
cómo ha ocurrido todo. Debo admitir que su rabia ciega me ha dado nuevo vigor.
¡Dios, cuán joven me he sentido! Pero, ahora... Ahora, quiero que usted se sienta
viejo, quiero que parte de mi cobardía se destile ahora en usted. Las siguientes