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horas cuando vea al capitán Beatty, manténgase cerca de él, déjeme que le oiga,
que perciba bien la situación. Nuestra meta es la supervivencia. Olvídese de esas
solas y estúpidas mujeres...
-Creo que hace años que no eran tan desgraciadas –dijo Montag-. Me ha
sorprendido ver llorar a Mrs Phe1ps. Tal vez tengan razón, quizá sea mejor no
enfrentarse con los hechos, huir, divertirse. No lo sé, me siento culpable...
-¡No, no debe sentirse! Si no hubiese guerra, si reinara paz en el mundo, diría,
estupendo, divertios. Pero, Montag, no debe volver a ser simplemente un bombero
No todo anda bien en el mundo.
Montag empezó a sudar.
-Montag, ¿me escucha?
-Mis pies -dijo Montag-. No puedo moverme. ¡Me siento tan condenadamente
tonto! ¡Mis pies no quieren moverse!
-Escuche. Tranquilícese -dijo el viejo con voz suave-. Lo sé, lo sé. Teme usted
cometer errores. No tema. De los errores, se puede sacar provecho. ¡Si cuando yo
era joven arrojaba mi ignorancia a la cara de la gente! Me golpeaban con
bastones. Pero cuando cumplí los cuarenta años, mi romo instrumento había
sacado una fina y aguzada punta. Si esconde usted su ignorancia, nadie le
atacará y nunca llegará a aprender. Ahora, esos pies, y directo al cuartel de
bomberos. Seamos gemelos, ya no estamos nunca solos. No estamos separados
en diversos salones, sin contacto entre ambos. Si necesita ayuda, cuando Beatty
empiece a hacerle preguntas, yo estaré sentado aquí, junto a su tímpano,
tomando notas.
Montag sintió que el pie derecho y, después, el izquierdo empezaban a moverse.
-Viejo -dijo-, quédese conmigo.
El Sabueso Mecánico no estaba. Su perrera aparecía vacía y en el cuartel reinaba
un silencio total, en tanto que la salamandra anaranjada dormía con la barriga
llena de petróleo y las mangueras lanzallamas cruzadas sobre sus flancos.
Montag penetró en aquel silencio, tocó la barra de latón y se deslizó hacia arriba,
en la oscuridad, volviendo la cabeza para observar la perrera desierta, sintiendo
que el corazón se le aceleraba; después, se tranquilizaba; luego, se aceleraba otra
vez. Por el momento, Faber parecía haberse quedado dormido.
Beatty estaba junto al agujero, esperando, pero de espaldas, como si no prestara
ninguna atención.
-Bueno -dijo a los hombres que jugaban a las cartas-, ahí llega un bicho muy
extraño que en todos los idiomas recibe el nombre de tonto.