sirvan para conocer el camino de mi casa. Tengo tanta idea de por donde se va a ella como la que usted
pueda tener de por donde se va a Londres.
-Vuélvase por el mismo camino que vino -me contestó, sentándose en una silla, y poniendo ante sí el
libro y una bujía-. El consejo es muy simple, pero no puedo darle otro mejor.
-En ese caso, si mañana le dicen que me han hallado muerto en una ciénaga o en un hoyo lleno de nieve,
¿no le remorderá la conciencia?
-¿Por qué había de remorderme? No puedo acompañarle. Ellos no me dejarían ni siquiera ir hasta la
verja.
-¡Oh! Yo no le pediría por nada del mundo que saliese, para conveniencia mía, en una noche como ésta.
No le pido que me enseñe el camino, sino que me lo indique de palabra o que convenza al señor Heathcliff
de que me proporcione un guía.
-¿Un guía? En la casa no hay nadie más que él mismo, Hareton, Zillah, José y yo. ¿A quién elige usted?
-¿No hay mozos en la granja?
-No hay más gente que la que le digo.
-Entonces me veré obligado a quedarme hasta mañana.
-Eso es cosa de usted y de Heathcliff. Yo no tengo nada que ver con eso.
-Confío en que esto le sirva de lección para hacerle desistir de dar paseos -gritó la voz de Heathcliff
desde la cocina-. Yo no tengo alcobas para los visitantes. Si se queda, tendrá que dormir con Hareton o con
José en la misma cama.
-Puedo dormir en este cuarto en una silla -repuse.
-¡Oh, no! Un forastero, rico o pobre, es siempre un forastero. No permitiré que nadie haga guardia en la
plaza cuando yo no estoy de servicio -dijo el miserable.
Mi paciencia llegó a su límite. Me precipité hacia el patio, lanzando un juramento, y al salir tropecé con
Earnshaw. La oscuridad era tan profunda, que yo no atinaba con la salida, y mientras la buscaba, presencié
una muestra del modo que tenían de tratarse entre sí los miembros de la familia. Parecía que el joven al
principio se sentia inclinado a ayudarme, porque les dijo:
-Le acompañaré hasta el parque.
-Le acompañarás al diablo -exclamó su pariente, señor o lo que fuera-. ¿Quién va a cuidar entonces de
los caballos?
-La vida de un hombre vale más que el cuidado de los caballos... -dijo la señora Heathcliff con más
amabilidad de la que yo esperaba-. Es necesariamente preciso que vaya alguien...
-Pero no lo haré por orden tuya -se apresuró a responder Hareton-. Más valdrá que te calles.
-Bueno, pues entonces, ¡así el espíritu de ese hombre te persiga hasta tu muerte, y así el señor Heathcliff
no encuentre otro inquilino para su «Granja» hasta que ésta se caiga a pedazos! -dijo ella con malignidad.
-¡Está echando maldiciones! -murmuró José, hacia quien yo me dirigía en aquel momento.
El viejo estaba sentado y ordeñaba las vacas a la luz de una linterna. Se la quité y diciéndole que se la
devolvería al día siguiente, me precipité hacia una de las puertas.
-¡Señor, señor, me ha robado la linterna! -gritó el viejo corriendo detrás de mí-.
¡Gruñón, Lobo!
¡Duro
con él!
Cuando yo abría la puertecilla a la que me había dirigido, dos peludos monstruos se arrojaron a mi
garganta, haciéndome caer. La luz se apagó. Mi humillación y mi ira llegaron al paroxismo.
Afortunadamente, los animales se contentaban con arañar el suelo, abrir las fauces y mover las colas. Pero
no me permitían levantarme, y hube de permanecer en el suelo hasta que a sus villanos dueños se les
antojó. Cuando estuve de pie, conminé a aquellos miserables a que me dejasen salir, haciéndoles
responsables de lo que sucediera si no me atendían, y lanzándoles apóstrofes que en su desordenada
violencia evocaban los del rey Lear.
En mi exaltación nerviosa, comencé a sangrar por la nariz. Heathcliff seguía riendo y yo gritando. No sé
cómo hubiera terminado todo aquello, a no haber intervenido una persona más serena que yo y más
bondadosa que Heathcliff. Zillah, la robusta ama de llaves, apareció para ver lo que sucedía. Y, suponiendo
que alguien me había agredido, y no osando increpar a su amo, dirigió los tiros de su artillería verbal contra
el mozo.
-No comprendo, señor Earnshaw -exclamó-, qué resentimientos tiene usted contra ese semejante suyo.
¿Va usted a asesinar a las gentes en la propia puerta de su casa? ¡Nunca podré estar a gusto aquí! ¡Pobre
muchacho! Está a punto de ahogarse. ¡Chist, chist! No puede usted irse en ese estado. Venga, que voy a
curarle. Quieto, quieto...