Y se lanzó fuera de la habitacion, con gran contento de los amos y gran turbación de Catalina que no
acababa de comprender por qué sus comentarios le habían producido tal exasperación de mal humor.
Después de haber ayudado a desvestirse a la recién llegada, de poner los bollos al horno y de encender la
lumbre, me senté dispuesta a entretenerme cantando villancicos, sin hacer caso a José, que me aseguraba
que el tono que yo empleaba era demasiado mundano. Él se marchó a su cuarto a rezar, y los señores
Earnshaw distraían a la joven enseñándole unos obsequios que habían comprado para los Linton en prueba
de agradecimiento por sus atenciones. Habían invitado a los Linton a pasar el siguiente día en «Cumbres
Borrascosas» y ello había sido aceptado a condición de que los hijos de los Linton no tuvieran que tratar
con aquel «terrible chicuelo que hablaba tan ma1».
Me quedé sola. La cocina olía fuertemente a las especias de los guisos. Yo miraba la brillante batería de
cocina, el reluciente reloj, los vasos de plata alineados en la bandeja y la impecable limpieza del suelo, de
cuyo barrido y fregado me había preocupado con gran atención. Todo me pareció estar bien y merecer
alabanza, y recordé una ocasión en que el amo anciano -que solía revisarlo todo por sí mismo en casos
como aquél-, viendo lo bien que estaba todo, me había regalado un chelín, llamándome a la vez «buena
moza». Luego pensé en el cariño que él había sentido hacia Heathcliff y en el temor que tenía de que fuera
abandonado al faltar él, y pensando en la situación presente del muchacho, casi me dieron ganas de
ponerme a llorar. Considerando, después, que mejor que lamentar sus desdichas sería procurar remediarlas,
me levanté y fui al patio en su busca. Le encontré enseguida: estaba en la cuadra cepillando el lustroso pelo
de la jaca nueva y dando el pienso a los demás animales.
-Date prisa -le animé-. La cocina está muy confortable, y José se ha ido a su cuarto. Procura acabar
pronto, para vestirte decentemente antes de que salga la señorita Catalina. Así podréis estar juntos, y charlar
al lado de la lumbre hasta la hora de retirarse.
Él siguió haciendo su faena. Hacía todos los esfuerzos posibles para apartar los ojos.
-Anda, ven -seguí-. Necesitarás media hora para vestirte. Hay un pastel para cada uno de vosotros.
Esperé otros cinco minutos, pero en vista de que no me contestaba, me fui. Catalina comió con sus
hermanos. José y yo celebramos una cena muy poco cordial, amenizada con censuras suyas y malas
contestaciones mías. El pastel y el queso de Heathcliff estuvieron toda la noche sobre la mesa para alimento
de las hadas. Él estuvo trabajando hasta las nueve, y a esa hora se fue a su habitación, siempre taciturno y
terco. Catalina estuvo hasta muy tarde preparándolo todo para recibir a sus nuevos amigos, y una vez que
entró en la cocina para buscar a su antiguo camarada, viendo que no estaba se contentó con preguntar por él
y marcharse. A la mañana siguiente, Heathcliff se levantó temprano, y como era día de fiesta, se fue mal-
humorado a los pantanos, y no volvió a aparecer hasta después de que la familia se hubo marchado a la
iglesia. Pero el ayuno y la soledad debieron hacerle reflexionar y cuando regresó, después de estar un rato
conmigo, me dijo, de súbito:
-Vísteme, Elena. Quiero ser bueno.
-Ya era hora, Heathcliff -contesté-. Has disgustado a Catalina. Cualquiera diría que la envidias porque la
miman mas que a ti.
La idea de sentir envidia hacia Catalina le resultó incomprensible, pero lo de disgustarla lo comprendió
muy bien. Me preguntó, volviéndose grave:
-¿Se ha enfadado?
-Se echó a llorar cuando le dije esta mañana que te habías ido.
-También yo he llorado esta noche -respondió- y con más motivos que Catalina.
-¿Sí? ¿Qué motivos tenías para acostarte con el corazón lleno de soberbia y el estómago vacío? Los
soberbios no hacen más que dañarse a sí mismos. Pero si estás arrepentido, debes pedirle perdón cuando
vuelva. Vas arriba, le pides un beso y le dices... Bueno, ya sabes tú lo que le tienes que decir. Pero hazlo
con naturalidad y no como si ella fuera una extraña por el hecho de que la hayas visto mejor ataviada.
Ahora voy a arreglármelas para vestirte de un modo que Eduardo Linton parezca un muñeco a tu lado. ¡Y
claro que lo parece! Aunque eres más joven que él, eres mucho más alto y doble de fuerte. Podrías tumbarle
de un soplo, ¿no es cierto?
La cara de Heathcliff se iluminó por un momento, pero su alegre expresión se apagó enseguida. Y
suspiró:
-Sí, Elena, pero aunque yo le tumbara veinte veces, no dejaría de ser él mas guapo que yo. Quisiera tener
el cabello rubio y la piel blanca como él, vestir bien y tener modales como los suyos, y ser tan rico como él
llegará a serlo algun día.
-Sí. Y llamar a mamá constantemente, y asustarte siempre que un chico aldeano te amenazase con el
puño y quedarte en casa cada vez que cayeran cuatro gotas. No seas pobre de espíritu, Heathcliff. Mírate al