La pobre mujer no perdió el humor hasta una semana antes de morir. Su marido seguía obstinándose en
que mejoraba constantemente. El día en que Kenneth le advirtió que ya no recetaba más medicinas, porque
eran totalmente inútiles, dado el grado a que había llegado la enfermedad, Hindley le contestó:
-Bien sé que no las necesita, ni tampoco los cuidados médicos. Nunca ha estado enferma del pecho.
Padeció una fiebre, sí, pero ya ha desaparecido. Su pulso es ahora tan normal como el mío y sus mejillas
están muy frescas.
A su esposa le decía lo mismo, y ella parecía creerlo. Pero una noche, mientras Francisca reclinaba la
cabeza en el hombro de su esposo y le decía que pensaba levantarse al día siguiente, le acometió un leve
ataque de tos. Él la abrazó, ella le echó las manos al cuello, palideció y entregó el alma.
Hareton, el niño, fue entregado a mis cuidados. El señor Earnshaw se conformaba, respecto al pequeño,
con saber que estaba bien y con no oirle llorar. Pero él, por su parte, estaba desesperado. Su dolor era de los
que no se manifiestan con lamentaciones. No sollozaba ni rezaba, sino que maldecía de Dios y de los
hombres, y se entregó a una vida de loco libertinaje. Ningún criado soportó largo tiempo el tiránico
comportamiento que nos daba, y sólo nos quedamos a su lado José y yo. Yo había sido su hermana de
leche, y me faltó valor para abandonarle. En cuanto a José, se quedó porque así podía mandar despó-
ticamente a los jornaleros y arrendatarios, y también porque siempre se sentía a gusto donde quiera que
hubiese cosas que censurar.
Los malos hábitos y las malas compañías que había contraído el amo constituían un pésimo ejemplo para
Catalina y Heathcliff. Este era tratado de tal manera, que aunque hubiera sido un santo, tenía que acabar
convirtiéndose en un demonio. Y, en verdad, el muchacho parecía endemoniado en aquella época. La
degradación de Hindley le colmaba de placer y su aspereza y tosquedad aumentaban.
Nuestra vida era un infierno. El cura dejó de acudir a la casa, y terminaron imitándole todas las personas
respetables. Nadie nos trataba, excepto Eduardo Linton, que a veces se presentaba a visitar a Catalina. A los
quince años, la joven se transformó en la reina de la comarca. Ninguna podía igualarla, y se convirtió en un
ser terco y caprichoso. Desde que había dejado de ser niña, yo no la quería, y procuraba humillar su
soberbia a todo trance, pero ella no me hacía caso. Conservó un afecto constante hacia Heathcliff, y no
quiso nunca a nadie como a él, ni siquiera al joven Linton. Este fue mi último señor: su retrato está ahí,
sobre la chimenea. Antes, al lado, estaba colgado el de su mujer y es una pena que lo hayan quitado porque
así podría usted haberse hecho una idea de lo que fue. Vamos a repasar eso y verá.
La bujía iluminó un rostro de finas facciones, muy semejante al de la joven de las «Cumbres» pero más
pensativo y menos adusto. Era un cuadro agradable. El cabello era rubio y levemente rizado en las sienes,
los ojos grandes y reflexivos, y en conjunto una figura que resultaba incluso demasiado graciosa. No me
maravillé de que Catalina le hubiese preferido a Heathcliff, pero pensando en que su espíritu debía
corresponder a su aspecto, me asombró que él se hubiese sentido atraído hacia Catalina Earnshaw.
-Es un buen retrato -dije-. ¿Es parecido?
-Sí -repuso el ama de llaves-. En general era así. Cuando estaba animado, parecía más guapo aún.
A raíz de pasar Catalina aquellas cinco semanas con los Linton, siguió manteniendo relaciones de
amistad con ellos. Como disimulaba en su presencia su aspereza acostumbrada, logró cautivarles a todos,
en especial a Isabel, que la admiraba, y a su hermano, que terminó por enamorarse de ella. Como esto la
complacía, tenía que desarrollar un doble modo de ser, aunque no con mal deseo. Cuando oía comentar que
Heathcliff era un rufián y peor que un bruto, se cuidaba mucho de no parecerse a él, pero cuando estaba en
casa mostraba muy poca inclinación a los buenos modales, que, por otra parte, no la hubieran granjeado
elogios de ninguno.
Eduardo no se atrevía a frecuentar mucho «Cumbres Borrascosas», porque la mala fama que tenía
Earnshaw le asustaba, y temía encontrarse con él. Le recibíamos con muchas atenciones, el amo procuraba
también no ofenderle, adivinando la razón de sus asiduidades, y, ya que no le fuera posible mostrarse
amable, a lo menos procuraba no dejarse ver. Aquellas visitas me parece que no complacían mucho a
Catalina. A ésta le faltaba malicia y no sabía ser coqueta, de modo que no le agradaba que sus dos amigos
se encontrasen, porque si Heathcliff mostraba desprecio hacia Linton, ella no podía mostrarse concorde con
él, como lo hacía cuando Eduardo no estaba presente, y si Linton, a su vez, expresaba antipatía hacia
Heathcliff, tampoco osaba llevarle la contraria. Yo me mofé muchas veces de sus indecisiones y de los
disgustos que sufría por causa de ellas, y que trataba de ocultar. Me dirá usted que mi actitud era
censurable, pero aquella joven era tan soberbia, que si se quería hacerla más humilde, era forzoso no
compadecerla nunca. Al cabo, como no encontraba otro confidente mejor, tuvo que franquearse ante mí.