-Eso no tiene nada que ver.
-Y porque llegará a ser rico, y me agradará ser la señora más acomodada de la comarca, y porque estaré
orgullosa de tener un marido como él.
-Eso es lo peor de todo. Y dígame: ¿cómo le ama usted?
-Como todo el mundo, Elena. ¡Pareces boba!
-No lo crea... Contésteme.
-Pues amo el suelo en que pone los pies, y el aire que le rodea, y todo lo que toca, y todas las palabras
que pronuncia, y todo lo que mira y todo lo que hace... ¡Le amo enteramente!
-¿Y qué más?
-Está bien, lo tomas a juego. ¡Es demasiada maldad! ¡Pero para mí no se trata de una broma! -dijo la
joven, enojada, mirando al fuego.
-No lo tomo a juego, señorita Catalina. Usted dice que quiere al señorito Eduardo porque es guapo, y
joven, y alegre, y rico, y porque el la ama a usted. Lo último no significaría nada. Usted le amaría igual
aunque ello no fuera así, y únicamente por eso no le querría si no reuniese las demás cualidades.
-¡Naturalmente! Me daría lástima, y puede que hasta le aborreciera si fuera feo o fuera un hombre
ordinario.
-Pues en el mundo hay otros muchachos guapos y ricos, y más que el señorito Eduardo.
-Quizá, pero yo sólo he visto uno y es Eduardo.
-Más tarde puede usted conocer algún otro, y él, además, no será siempre joven y guapo. También podría
dejar de ser rico.
-Yo no tengo por qué pensar en el futuro. Ya podrías hablar con más sentido común.
-Pues entonces, nada... Si no piensa usted más que en el presente, cásese con el señorito Eduardo.
-Para eso no necesito tu permiso. Claro que me casaré con él. Pero no me has dicho aún si hago bien o
no.
-Me parece bien si usted se casa pensando sólo en el momento. Ahora contésteme usted: ¿de qué se
preocupa? Su hermano se alegrará, los ancianos Linton no creo que pongan reparo alguno, va usted a salir
de una casa desordenada para ir a otra muy agradable, ama usted a su novio y él la ama a usted. Todo está
claro y sencillo. ¿Dónde ve usted el obstáculo?
-¡Aquí y aquí, o donde pueda estar el alma! -repuso Catalina golpeándose la frente y el pecho-. Tengo la
impresión de que no obro bien.
-¡Qué cosa tan rara! No me la explico.
-Pues te la explicaré lo mejor que pueda, si me prometes que no te vas a burlar de mí.
Catalina se sentó a mi lado. Estaba triste y noté que sus manos, que mantenía enlazadas, temblaban.
-Elena: ¿no sueñas nunca cosas extrañas? -me dijo, después de reflexionar un instante.
-A veces -respondí.
-También yo. En ocasiones he soñado cosas que no he olvidado nunca y que han cambiado mi modo de
pensar. Han pasado por mi alma y le han dado un color nuevo, como cuando al agua se le agrega vino. Y
uno que he tenido es de esa clase. Te lo voy a contar, pero líbrate de sonreír ni un solo instante.
-No me lo cuente, señorita -le interrumpí-. Ya tenemos aquí bastantes congojas para andar con pesadillas
que nos angustien más. Ea, alégrese. Mire al pequeño Hareton. ¡Ese sí que no sueña nada triste! ¿Ve con
cuánta dulzura sonríe?
-¡También sé con cuanta dulzura reniega su padre! Supongo que te acordarás de cuando era tan pequeño
como este niño. De todos modos, tienes que escucharme, Elena. No es muy largo. Además, no me siento
jovial hoy.
-¡No quiero oírlo! -me apresure a contestar.
Porque yo era, y soy aún, muy supersticiosa en cuestión de sueños, y el semblante de Catalina se había
puesto tan sombrío, que temí escuchar el presagio de alguna horrorosa desgracia. Ella se enfadó, al parecer,
y no continuó. Pasando a otra cosa, expuso:
-Yo sería muy desgraciada si estuviera en el cielo.
-Porque no es usted digna de ir a él -contesté-. Todos los pecadores serían muy desgraciados en el cielo.
-No es por eso. Una vez soñé que estaba en el cielo.
-Ya le he dicho, señorita, que no quiero enterarme de sus sueños. Voy a acostarme.
Se echó a reír y me obligó a permanecer sentada.
-Pues soñé -dijo- que estaba en el cielo, que comprendía y notaba que aquello no era mi casa, que se me
partía el corazón de tanto llorar por volver a la tierra, y que, al fin, los ángeles se enfadaron tanto, que me
echaron fuera. Fui a caer en medio de la maleza, en lo más alto de «Cumbres Borrascosas», y me desperté