Salió de la habitación y el señor me preguntó que quién había venido.
-Una persona que la señora no esperaba -dije-. Heathcliff, ¿no se acuerda? Aquél que vivía en casa del
señor Earnshaw.
-¡Ah, el gitano, el mozo de labranza! ¿Cómo, pues, no le has dicho a Catalina quién era?
-No le llame por esos nombres, señor -le rogué-, porque ella se enfadaría si le oyera. Cuando se fue,
estuvo muy disgustada. Seguramente se alegrará de verle.
El señor Linton se asomó a una ventana que daba al patio y gritó a su mujer.
-Haz entrar a ese visitante.
Oí rechinar el picaporte, y Catalina subió velozmente, sofocada, y con una excitación tal, que hasta
borraba de su rostro toda señal de alegría. Viéndola, casi parecía por su exaltación que le había ocurrido
una tremenda desgracia.
-¡Eduardo, Eduardo! -exclamó, jadeante-. ¡Eduardo, querido mío, Heathcliff ha vuelto! -Y le abrazaba
hasta casi ahogarle.
-Bien, bien -repuso su esposo, un poco mohíno-. No creo que por eso hayas de estrangularme. No me pa-
rece que ese Heathcliff sea un tesoro tan valioso. ¡No es como para volverse locos porque haya vuelto!
-Recuerdo que no te simpatizaba mucho -contestó Catalina-. Pero habéis de ser amigos ahora, aunque
sólo sea por mí. ¿Le digo que pase?
-¿Al salón?
Pues adónde va a ser? -contestó ella.
Él algo molesto, indicó que el sitio oportuno hubiera sido la cocina. Catalina le miró, contrariada.
-No -dijo-. No voy a estar yo en la cocina. Elena: trae dos mesas... Una para el señor y la señorita Isabel,
que son nobles, y otra para Heathcliff y para mí, que somos plebeyos. ¿Te parece bien, querido? ¿O
prefieres que le reciba en otra parte? Si es así, dilo. Voy a buscar a nuestro visitante. ¡Me parece mentira
tanta felicidad!
Iba a volver a salir, pero Eduardo la detuvo.
-Hazle subir -me ordenó-, y tú, Catalina, alégrate, si quieres, pero no hagas absurdidades. No hay por qué
dar el espectáculo de recibir a un criado huido como a un hermano.
Bajé y encontré a Heathcliff esperando en el portal a que le mandaran subir. Me siguió en silencio, y le
conduje a presencia de los amos, cuyas encendidas mejillas delataban la reciente discusión. La señora se
ruborizó más aún, corrió hacia Heathcliff, le cogió las manos, e hizo que Linton y él se las estrechasen a
regañadientes. A la luz de la lumbre y de las bujías, me asombró más aún la transformación de Heathcliff.
Se había convertido en un hombre, alto, atlético y bien constituido. Mi amo parecía un mozalbete a su lado.
Viendo su erguido continente, se pensaba que debía haber servido en el ejército. Su semblante mostraba
una expresión más firme y resuelta que el señor Linton, dejaba transparentar inteligencia y no conservaba
huella alguna de su antigua inferioridad. En sus cejas fruncidas y en el negro fulgor de sus ojos persistía su
natural fiereza, pero refrenada. Sus modales eran dignos y sobrios, aunque no graciosos. Mi amo quedó, al
notar todo aquello, tan estupefacto como yo misma. Estuvo un momento indeciso, sin saber cómo dirigirse
a él. Heathcliff dejó caer la mano y esperó hasta que Linton optó por hablarle.
-Siéntese -dijo, al fin-. Mi mujer, recordando los viejos tiempos, me ha pedido que le reciba con cordiali-
dad. No hay que decir que cuanto a ella le satisface, me complace a mí.
-Lo mismo digo -repuso Heathcliff-. Estaré con mucho gusto aquí una o dos horas.
Catalina no le quitaba la vista de encima, como si temiese que se desvaneciera- cuando dejara de
contemplarle. Heathcliff sólo la miraba de vez en cuando y en sus ojos se pintaba el placer que le producía
el volver a ver a su amiga. Estaban tan satisfechos, que ni siquiera les quedaba lugar para sentirse turbados.
El señor Linton, al contrario, palidecía cada vez mas, y su enojo llegó al extremo cuando su mujer se puso
en pie, cruzó la habitación, cogió las manos de Heathcliff y comenzó a reír.
-Mañana pensaré haber soñado -exclamó-. Me parecerá imposible haberte visto, tocado y oído otra vez.
Ni te merecías esta acogida, Heathcliff. ¡En tres años de ausencia, nunca te has acordado de mí!
-Más de lo que tú hayas pensado en mí, Catalina. Hace poco supe de tu matrimonio, y entonces, Mientras
esperaba abajo, sólo tenía un pensamiento: verte, contemplar tu mirada de sorpresa y de acaso fingido
placer, arreglar las cuentas que tengo pendientes con Hindley y quitarme de en medio por mis propias
manos. La manera que has tenido de recibirme ha disipado estas ideas en mi, pero procura no recibirme la
próxima vez de otro modo. Mas no... Creo que no me despedirás otra vez. ¿Te disgustó mi ausencia
realmente? Había motivos. Desde que me separé de ti he vivido tristemente. Perdóname... ¡Todo lo he
hecho por ti!