Tomó en brazos a su mujer y la miró angustiado. Al principio ella no daba señales de reconocerle. Pero el
delirio que la embargaba no era permanente todavía. Sus ojos, un momento velados por la contemplación
de la oscuridad del exterior, acabaron reparando en el hombre que la tenía entre sus brazos.
-¿A qué vienes, Eduardo Linton? -dijo con colérica vivacidad-. Eres de esos que siempre llegan cuando
no hacen falta, y nunca cuando interesa que lleguen. Ya veo que vas a empezar ahora con lamentaciones,
pero no por ello conseguirás que deje de irme a mi morada definitiva antes de que concluya la primavera. Y
no reposaré en el panteón de los Linton, sino en una fosa al aire libre, con una simple losa encima. Tú, por
tu parte, haz lo que quieras: vete con los Linton o ven conmigo.
-¿Qué estás diciendo, Catalina? -comenzó el amo-. ¿Es que ya no soy nada para ti? ¿Acaso estás ena-
morada de ese miserable Heath ... ?
-¡Silencio! -gritó la señora-. ¡Cállate, o me arrojo ahora mismo por la ventana! Y tú podrás entonces tener
mi cuerpo, pero mi alma estará allí, en las «Cumbres», antes de que puedas volver a tocarme. No te
necesito, Eduardo. Vuelve a ocuparte de tus libros. Te vendría bien para consolarte, porque yo no he de
volver a servirte de consuelo.
-Señor -interrumpí-: la señora está delirando. Ha estado desvariando toda la tarde. Cuidémosla bien, pro-
curemos que esté tranquila, y pronto se restablecerá. En lo sucesivo debemos tener cuidado de no
disgustarla.
-No sigas dándome consejos -interrumpió el señor-. Conocías el modo de ser de la señora, y sin embargo
me has incitado a contrariarla. ¡Parece mentira que no me hayas dicho nada de su estado durante estos tres
días! ¡Qué crueldad! ¡Oh, Catalina está desfigurada como si hubiese padecido una enfermedad de muchos
meses!
Me defendí de aquellas acusaciones. ¿Qué culpa tenía yo de la aviesa inclinación de Catalina?
-Sabía -dije- que la señora era terca y dominante, pero ignoraba que usted desease fomentar su mal carác-
ter. No sabía que debiese tolerar los abusos del señor Heathcliff por no contrariar a la señora. ¡Así me paga
usted el haber cumplido mis deberes de sirvienta leal! Aprenderé mejor para otra vez. En lo sucesivo, se
informará de las cosas por sus propios ojos.
-Si vuelves a venirme con chismes, prescindiré de tus servicios -repuso él.
-Ya entiendo -repuse-. Por lo visto el señor Heathcliff está autorizado para hacer el amor a la señorita y
para predisponer a la señora contra el señor cuando usted está ausente.
Catalina, no por tener la mente algo perturbada, dejaba de prestar oído atento a nuestra conversación.
-¡Oh, traidora Elena! -exclamó-. Ella es mi solapada enemiga. ¡Bruja! ¡Déjame, Eduardo, y verás como
la hago arrepentirse!
Bajo sus párpados fulguró un relámpago de demencia y trató de soltarse de los brazos de Linton. Yo
resolví ir a buscar al médico por propia iniciativa, y salí de la estancia. Al atravesar por el jardín, distinguí,
colgado de un garfio de la pared, un objeto blanco que se movía extrañamente. No quise que me quedase en
la mente la duda de que pudiese ser un alma del otro mundo, y, a pesar de mi prisa, me paré a averiguar de
qué se trataba. Quedé estupefacta al reconocer al galguito de la señorita Isabel, colgado con un pañuelo al
cuello y medio ahogado. Solté al animal y lo liberté. Cuando Isabel se había ido a acostar, yo vi subir al
galgo detrás de ella, y no me podía explicar quién fuera el malvado que le había hecho objeto de tal
barbarie. Mientras lo desataba, creí sentir el lejano galope de un caballo, ruido asaz inusitado para ser oído
a las dos de la madrugada, pero yo tenía tanta prisa que casi no lo advertí.
Encontré al señor Kermeth saliendo de su casa para visitar a un enfermo, y lo que relaté de la dolencia de
Catalina le indujo a acompañarme inmediatamente. Como Kenneth es un hombre sencillo y franco, me
confesó que dudaba mucho de que Catalina sobreviviera a aquel segundo ataque.
-Esto debe tener alguna causa especial, Elena -me dijo-. ¿Qué ha pasado? Una mujer tan fuerte como Ca-
talina no enferma por pequeñeces. Personas como ella enferman rara vez, pero cuando ello sucede es ardua
empresa librarles de sus males. ¿Cómo comenzó esto?
-El amo le informará --contesté-. Usted conoce el violento carácter de los Earnshaw, y no ignora que la
señorita Catalina les deja a todos en mantillas. Lo único que puedo decirle es que todo comenzo por una
disputa, y que, después de una explosión de furor, sufrió un ataque. Ella lo ha explicado así; nosotros no lo
vimos, porque se encerró en su alcoba. Luego se negó a tomar alimento y ahora delira unas veces y otras se
entrega a sueños fantásticos. Áún nos reconoce, pero su cabeza está llena de ideas muy raras.
-¿El señor Linton estará muy, disgustado?
-¡Tanto, que se rompería la cabeza si pasase algo! Procure no alarmarle en exceso.
-Ya advertí que se anduviera con cuidado, y ahora hay que atenerse a las consecuencias de no haberme
atendido -repuso el médico-. ¿Ha intimado el señor Linton con Heathcliff últimamente?