Cati por los cabellos, la derribó de rodillas y le golpeó violentamente la cabeza. Aquella diabólica
brutalidad me puso fuera de mí. Le grité:
-¡Malvado, malvado!
Pero un golpe en pleno pecho me hizo enmudecer. Como soy gruesa, me fatigo enseguida, y entre la
rabia que me dominaba y una cosa y otra, sentí que el vértigo me ahogaba como si se me hubiera roto una
vena. Todo concluyó en dos minutos. Cati, al quedar suelta, se llevó las manos a las sienes cual si creyese
que ya no tenía la cabeza en su sitio. Temblando como una caña, la pobrecita fue a apoyarse en la mesa.
-Ya ves -dijo el malvado agachándose para coger la llave que había caído al suelo- que sé castigar a los
niños traviesos. Ahora vete con Linton y llora cuanto se te antoje. Dentro de poco seré tu padre, y tu único
padre además, y cosas como las de hoy te las encontrarás con frecuencia, puesto que no eres débil y estás
en condiciones de aguantar lo que sea... ¡Como vuelva ese mal genio a subírsete a la cabeza te daré todos
los días una ración como la de hoy!
Cati corrió hacia mí, inclinó su cabeza sobre mi regazo y empezó a llorar. Su primo permanecía
silencioso en un rincón, contento, al parecer, de que la tormenta hubiera descargado sobre una cabeza
distinta a la suya. Heathcliff se levantó y preparó el té. El servicio ya estaba dispuesto. Vertió la bebida en
las tazas.
-Fuera tristezas -me dijo, ofreciéndome una taza y sirve a esos niños traviesos. No tengas miedo: no está
envenenada. Me voy a buscar vuestros caballos.
En cuanto se fue, comenzamos a buscar una salida. Mas la puerta de la cocina estaba cerrada y las
ventanas eran excesivamente angostas, incluso para la esbeltez de Cati.
-Señorito Linton -dije yo-, ahora va usted a decirnos qué es lo que su padre se propone, o de lo contrario
cuente con que yo le vapulearé a usted como él ha hecho con su prima.
-Sí, Linton, dínoslo -agregó Catalina-. Todo ha sucedido por venir a verte, y si te niegas a hablar serás un
ingrato.
-Dame el té, y luego te lo diré -repuso el joven-. Señora Dean, márchese un momento. Me molesta
tenerla siempre delante. Cati, te están cayendo las lágrimas en mi taza. No quiero ésa. Dame otra.
Cati le entregó otra y se enjugó las lágrimas. Me molestó la serenidad del muchacho. Comprendí que
había sido amenazado por su padre con un castigo si no lograba atraernos a aquella encerrona, y que, una
vez conseguido, no temía ya que cayese sobre él mal alguno.
-Papá quiere que nos casemos --dijo, tras beber un sorbo de té-. Y como sabe que tu padre no lo
permitiría ahora, y además el mío tiene miedo de que yo me muera antes, es preciso que nos casemos
mañana por la mañana. Así que tienes que quedarte toda la noche aquí, y después de hacer lo que quiere mi
padre, venir a buscarme al día siguiente y llevarme contigo.
-¿Llevarle con ella? -exclamé-. ¿Ese hombre está loco o cree que los demás somos tontos? Pero ¿es
posible que usted se imagine que esta hermosa joven se va a casar con un desdichado como usted? ¿Se
figura que nadie en el mundo le aceptaría a usted por marido? Se merece usted una buena zurra por
habernos hecho venir con sus cobardes artimañas y... ¡No me mire así, porque tengo ganas de castigar su
maldad y su estupidez con una paliza!
Le di un empujón, y sufrió un ataque de tos. Enseguida empezó a llorar y a gemir. Cati me impidió
hacerle nada.
-¡Quedarme aquí toda la noche! -dijo-. ¡Si es preciso, prenderé fuego a la puerta para salir!
E iba a poner en práctica su amenaza. Pero Linton, asustado por las consecuencias que ello acarrearía
para él, se incorporó, la sujetó entre sus débiles brazos, y dijo, entre lágrimas:
-¿No quieres salvarme, Cati? ¿No quieres llevarme contigo a la «Granja»? No me abandones, Catalina.
Debes obedecer a mi padre.
-Debo obedecer al mío -replicó ella-. ¿Qué ocurriría si yo pasase toda la noche fuera de casa? Ya debe
estar angustiado viendo que no vuelvo. He de salir de aquí a toda costa. Tranquilízate: no te pasará nada.
Pero no te opongas, Linton. A mi padre le quiero más que a ti.
El joven tenía tanto miedo a Heathcliff, que se sintió hasta elocuente. Cati, a punto de enloquecer, rogó a
Linton que dominase su vergonzoso miedo. Y entretanto, nuestro carcelero volvió a entrar.
-Vuestros caballos se han fugado -anunció-. ¡Pero Linton! ¿Estás llorando otra vez? ¿Qué te ha hecho tu
prima? Anda, vete a acostar. Dentro de poco podrás devolver a tu prima sus violencias. Suspiras de amor,
¿eh? ¡Claro, no hay cosa mejor en el mundo! Bueno, acuéstate. Zillah no está hoy aquí, así que tendrás que
arreglártelas solo. ¡A callar! Cuando estés acostado no temas que yo vaya. Has tenido la fortuna de hacer
bastante bien las cosas. Yo me ocuparé del resto.