mujer imperfecta. Mi amor anónimo tenía tanta necesidad de expresarse que tomé a la naturaleza por testigo: en un
viaje que hicimos al pueblo vecino de Cuatro Caminos, a casa de unos parientes de mi padre, me las arreglé, sigu-
iendo seguramente alguna película que vi con Nila, romántica y aburrida, para cortar las iniciales de Ester y mías en
un árbol del patio al que seguramente dejé tullido por el gran corazón circundante. No sé cómo tatué aquel emblema
pues mi padre me tenía prohibidas las cuchillas: debió de ser alguna clandestina. Cuando regresé a la cuartería iba a
contarle a Ester esta hazaña amatoria, pero estaba su padre, de ogro ubicuo. Luego Fela no me dejó hacerlo.
Fue después de la escuela, jugando parchís con Ester, con Fela y con Emilia, que ocurrió el primer incidente per-
turbador, uno de una serie que hizo deleble mi impronta. El parchís estaba en una mesa pequeña (no había en el cuar-
to lugar para un mueble más grande y seguramente comían sobre ella) y el juego estaba en lo más intricado de fichas
y de dados, con todas las casillas ocupadas, cuando sentí que me tocaban entre las piernas y no fue un toque casu-
al porque el miembro buscaba mi miembro. Miré a Ester, que estaba a mi lado, luego a Emilia que estaba al otro lado:
las dos muy metidas en el parchís para pensar en otro juego. Entonces miré a Fela: tenía que ser ella la del pie tác-
til, ya que no podía ser la madre sentada a la ventana cosiendo. Pero Fela tenía los ojos bajos, mirando al parchís.
De pronto levantó la mirada y no me hizo un guiño sino que se rió sin mover los labios, sus ojos brillando audaces:
era ella. No volvió a tocarme pero después me confesó que fue ella: se había quitado un zapato y con el pie desnudo
me había tocado exactamente el sexo. Desde ese momento cambió mi rumbo erótico -pero no mi amor, fiel hasta la
muerte o por lo menos hasta la mudada. Mi amor era de Ester, la que no entendía de juegos eróticos: ni siquiera me
permitía tocar sus senos, tal vez fuera porque no existían pero estaba su pecho que no me dejaba alcanzar. Sin
embargo se dejaba besar, dulcemente, con sus ojos de larguísimas pestañas cerrados, para parecer la vera imagen
de la castidad. Con Fela hubo otros juegos cada vez más íntimos. No sé cómo yo encontraba lugar -y hablo no sólo
de tiempo sino de espacio en la reducida cuartería, vigilada como estaba ella no sólo por su madre sino también por
Emilia. Pero encontramos momento y lugar. Una de las ocasiones el juego se hizo más serio, cuando junto con Fela
fui a buscar alcohol lejos de la casa, pues ya había empezado la guerra y el alcohol estaba racionado. Fela y yo avan-
zamos por calles lejanas, algunas cerca del Salón Regio, pero laterales a Monte, cerca de Cristina, calles oscuras,
hostiles, yo temeroso de encontrarme alguna pandilla (¿pueden los sueños convertirse en pesadillas con el tiempo?
En seis meses las pandillas, a una de las cuales había pertenecido, si bien brevemente, habían pasado a ser de una
asociación amistosa a una amenaza. Todas parecían tener su hábitat -que era en realidad su territorio- en los subur-
bios y las más peligrosas eran, no sé por qué, las del barrio de Luyanó, terreno vedado para mí hasta el día que más
por bravear que por necesidad, con todo el miedo del mundo, lo atravesé de parte a parte con un compañero de
escuela: anticlimáticamente, no pasó absolutamente nada, sobreviviendo a la aventura no sólo sin un rasguño sino
siquiera con un gesto amenazante) en las búsquedas afanosas de alcohol (que no era una poción para beber ni¡ padre
abstemio sino combustible para cocinar: alimentaba una invención habanera llamada reverbero, que no reflejaba luz
sino que producía calor: era una cocinita en miniatura, sumamente peligrosa, que se nutría de alcohol y tenía ten-
dencia a estallar, más cóctel Molotov que hornilla: en un reverbero estuvo cocinando mi madre hasta que mi padre
compró un anafe, pronunciado anafre, alimentado al carbón) siempre me acompañó Fela y tenía la costumbre de
meter una de sus manos (en realidad, manitas) en uno de mis bolsillos, no refugiándola del frío sino entrometiéndola
en mi intimidad, y protegidos por la oscuridad (no sé por qué esta búsqueda continua de combustible se hacía por la
noche o tarde en la tarde cuando ya era oscuro, cuando tan propicio era para nosotros partir hacia la tierra del alco-
hol y del amor) ella me tocaba a bulto, tratando de acariciar mi pequeño pene, que ya estaba erecto -solamente meter
ella su mano en mi bolsillo me producía una erección. Creo que la sola salida de la casa juntos ya era objetivo eróti-
co. Como los viajes en busca de alcohol eran repetidos (los reverberos son como los borrachos: no sólo peligrosos
sino ávidos de alcohol) tuve la mafia de abrir un hueco al fondo del bolsillo y así pudo Fela meter su manita y encon-
trar mi penecito. No recuerdo ninguna eyaculación pero sí recorrer las calles paralelas a Monte, desde Rastro donde
estaba una de las fuentes de alcohol, hasta Cuatro Caminos (el crucero de calles no el pueblo del mismo nombre a
muchos kilómetros de allí) que era una esquina no sólo peligrosa sino muy frecuentada y lo que es peor (nunca pensé
antes que podía llegar a detestar. la profusión de luces en la noche habanera) muy alumbrado, recorrido que hacía en
un embeleso, completamente entregado al sexo todavía incipiente pero ya poderoso, embrujante, envolvente -un halo
invisible pero no menos radiante que la fosforescencia de la ciudad. La culminación de la relación con Fela (que los
dos nos arreglábamos muy bien para disimular con maña de adultos) ocurrió un día que me estaba bañando en el
minúsculo cuarto de baño, que tenía una ventana lateral, siempre cerrada, y abierto por arriba, con la pared de la puer-
ta terminando por encima de ella, a una altura como de dos metros. Me estaba duchando cuando oí una voz que me
llamó. Todo lo que se me ocurrió fue buscar su fuente en la ventana tapiada. La voz dijo entonces: «Aquí encima», y
miré para arriba y era Fela, mirándome, riendo, precariamente sostenida al borde de la pared. No supe qué decir,
acostumbrado ya hacía años a bañarme solo, resuelto a no dejarme ver desnudo. Tal vez hasta tratara de cubrirme y
cubrirme de ridículo. Fela, muy contenta de su acción audaz, se reía, se reía. Luego, como colofón, me propuso que
yo hiciera lo mismo cuando ella se estuviera bañando. «No me voy a tapar», me animó, pero yo nunca me atreví a
imitarla, tal vez aprensivo ante su feroz padre, tal vez temeroso del cuerpo desnudo. Tengo que recordar que yo era
el único muchacho en aquella cuartería. Así tal vez no resulte raro lo que ocurrió poco después, sin tener que posar
de irresistible. Fela y Ester debían de estar en la escuela pero Emilia, que se ocupaba de su madre, estaba cocinan-
do algo en la cocina. No sé por qué yo no estaba también en la escuela, pero sucedió que acerté a pasar por la coci-
na (no tenía nada que hacer en esa parte de la casa: nuestro cuarto quedaba lejos de la cocina: tal vez yo estuviera
La habana para un infante difunto
Guillermo Cabrera Infante
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