sivas cirrosis y colon caído y hernia del hiato, pero que nunca fue ciega: tenia un ojo certero para verme pasar rumbo
a la calle frente a su puerta encortinada y llamarme en el momento preciso en que creía haber salvado aquel estre-
cho erizado de mandados, Caribdis un vecino, Escila América. Pero no me importó nunca hacerle un mandado a Delia:
me encantaba sobre todo cuando depositaba el dinero en mi mano: ese breve contacto de sus uñas chinas con mi
palma abierta duraba una delicia. Pero más que estos momentos fugaces recuerdo una ocasión inolvidable porque es
eterna. Yo salta de nuestro cuarto y hubo un golpe de viento propicio que no abolla la oportunidad: el aire levantó la
cortina de bambú y pude ver a Delia en refajo: sus brazos desnudos hasta la axila pálida, el comienzo de sus senos,
sus piernas mucho más- arriba de la rodilla, convertidas allí en muslos torneados (yo no sabía todavía que se llama-
ban así en La Habana pero veía que así eran), toda su belleza asiática, con la suficiente sangre cubana para hacer-
la más sensual, ésta descendiente de concubinas (eso es lo que pienso hoy, cuando vienen a mi mente los nombres
de Shanghai y de Cantón, y de Sechuán, lo que recuerdo ayer es una Delicia innombrable), vista sólo un momento
memorable, deseando yo que la ocasión de mi salida hubiera tenido lugar antes, antes el viento revelador, pues evi-
dentemente se estaba arreglando para salir, y haberla podido ver en pantaloncitos y ajustadores o, quién sabe, haber
coincidido con el precioso, preciso instante en que estuviera toda desnuda, en cueros, indeciblemente corita: la bel-
dad china, la primera que habría visto en mi vida (en el pueblo había chinos pero no había una sola china: los podía
ver en la fonda de La Marina, donde los visitaba a veces con mi padre, en que hablaban de Chiang Kai-shek debajo
de un retrato, un cromo chino, de Chiang Kai-shek, todos chinos. Hasta nuestro vecino contiguo, Rafaelito Hidalgo era
medio chino a pesar de su nombre que tomó de su madre cubana, y el chino Chan con su tienda en La Loma, a una
cuadra de casa de mis abuelos, casado con cubana, era hijo de chino y cubana él mismo: todos ellos chinos pero no
había una sola china visible en mi pueblo, lo que me hizo llegar a la conclusión temprana pero arraigada de que no
existían las chinas) y aquí estaba Delia, en todo su esplendor asiático para desmentir mis teorías infantiles, provo-
cando con su media desnudez (pero suficiente para mi memoria) mi deseo adolescente por la belleza china. La glo-
riosa Delia (ella debió llamarse Gloria y no su horrible hermana), la que rodeé con una muralla de miradas, acabó,
destino chino, como concubina. Ella se fue pero no regresó a China. La familia toda se mudó del solar en grande y
luego nos enteramos de que fue gracias a que Delia deliciosa se hizo amante por proximidad de un senador que lle-
garía a ser ministro para terminar en presidente. Aunque Delia no lo acompañó por todo su camino de éxito político:
su suerte quedó oculta en un misterio impenetrable. La visión de Delia (una sola visión larga interrumpida por la corti-
na o muchas mínimas) se convirtió no en una fijeza sino en una fijación. ¿Dónde encontrar una china penetrable?
Justo al lado vivía Sonia, la polaca. Debía ser evidente que si esta mujer se llamaba Sonia, hablaba con acento
ruso y además decía que venía de Rusia, era porque era rusa. Pero para todos los vecinos del solar ella era La Polaca,
versión de una perversión. Hay que decir que si en el pueblo, en mi provincia natal, todos los libaneses y sirios eran
llamados moros, en La Habana todo judío, fuera alemán, húngaro, búlgaro, ruso y hasta lituano era llamado polaco,
sin que hubiera mayor razón para llamar a unos moros y a otros polacos. Lo que menos había entre los inmigrantes
del mundo árabe o de Europa oriental en Cuba eran marroquíes y poloneses. La Polaca, polaca esencial que nunca
fue Sonia y de quien jamás supe su apellido, tenía fama de loca -y loca era. Un día, después de concluir una de sus
interminables discusiones con interlocutores que eran solamente audibles (y visibles) para ella y que formaban
muchedumbre a uno y otro lado de su cuerpo gordo, trató de pegar fuego a nuestra cortina, lo que impidió una veci-
na alerta que avisó a mi madre. Esa noche, cuando pudo haber aprovechado nuestra ausencia en el cine para incen-
diar todo el cuarto, se contentó con hacer de su propia cortina una pira, bailando alrededor de la llama viva. Era casi
casi incongruente (por no decir perversa: la suya era una inocente locura) su obsesión con el fuego, pues su amante
actual, quien le pagaba el cuarto y la mantenía, era bombero. Su edad avanzada y sus relaciones con una piromani-
aca ponían en doble peligro su trabajo, pero el bombero era fiel a La Polaca -que ya no era joven ni tampoco bella ni
limpia. Un día, sosegada momentáneamente su locura locuaz, nos trajo un álbum con fotos familiares. Habla un mili-
tar de grandes bigotes, que ella dijo que era su padre, y una muchacha rubia y bella, que La Polaca identificó como
ella misma: todavía era rubia, a pesar de sus años. Otro día de ausencia de sus fantasmas contó que su padre era
capitán de cosacos cuando llegó la Revolución y tuvieron que emigrar: da vértigo imaginar cuántas estaciones inter-
medias debieron tocar como puertos de escala para llegar a Cuba, a La Habana, a Zulueta 408! La Polaca, según
rumores del hormigón, había sido amante de gente importante cuando joven y de uno de ellos (nadie se atrevía a men-
cionar su nombre: así era de conocido y de peligroso su conocimiento) habla cogido la sífilis, que la volvió loca. (De
nuevo esa palabra relacionada con el sexo y la locura, nombre que cogí en La Habana: en el pueblo mi tío Pepe habla-
ba de enfermedades venéreas, que era un término misterioso para mí y cuando se refería a alguien que, según supe
después, estaba loco de sífilis, contraída o heredada, siempre se refería a la tara, que era una palabra intrigante, que
no dejaba de tener su encanto: «Táramo heredó una tara» -casi parecía la herencia de una enorme hacienda y el
sonido de tara asociado con vastas posesiones lo confirmé con la visión de
Lo que el viento se llevó,
donde el nom-
bre de la gran mansión sureña era Tara!) La Polaca regresó de sus lapsos nostálgicos a su locura para darnos un
señor susto. Una noche se apareció con un policía, que ella fue a buscar no como sustituto de su bombero, sino como
agente de la ley. «Esta señora dice», dijo el policía a mi padre, «que oye sonidos intermitentes», y me sorprendió la
fraseología del policía (ésas no podían ser palabras de La Polaca), pero sólo momentáneamente porque fue mayor el
miedo al oír que La Polaca decía y repetía: «¡Telegrafía! ¡Telegrafía!», y aseguraba en un español malévolamente flu-
ido de repente que las emisiones dementes (aunque perfectamente sanas para el policía) surgían de nuestro cuarto.
Ocurrió en plena guerra y había en La Habana una especie de histeria vigilante del espionaje enemigo, desde que los
La habana para un infante difunto
Guillermo Cabrera Infante
26