guardé mi pene presto, abotoné la portañuela, me levanté de la cama y salí calmo del cuarto -dejando a Neta todavía
ondulante en la camita que nos sostuvo milagrosamente por lo precaria que parecía ahora, ella moviéndose, meneán-
dose mejor y aprovechando que el cuarto seguía vacío, que el pasillo estaba desolado, que la cortina caída a plomo
la protegería de cualquier ojo observador, se disfrutaba sola sobándose un seno. Eso fue lo más cerca que estuve de
acostarme (figurativamente porque realmente habíamos estado acostados: quiero decir de desflorarla) con Neta,
quien probablemente siguió siendo virgen, su renuencia jamás anuencia, hasta que se casó con alguien del solar, de
los portales de abajo, de las casas vecinas y de nuevo la familia fue feliz. Pero ahora eran individuos infelices.
Estaban, como todos, más que todos, apoderados del miedo.
Todo estaba en los periódicos pero como siempre la verdad no estaba en los periódicos. Le costó a la policía sola-
mente 48 horas resolver el caso, lo que no es asombroso dada la estupidez del descuartizador, que se las había
arreglado para repartir los miembros en un radio de menos de cien metros. Pero hay que acreditar a la capacidad
investigativa de la policía (ayudados por el cura de la iglesia de La Salud que reportó la ausencia de su trabajo por
dos días del organista) que hubiera dado tan pronto con la casa del asesinado. Cuando entraron en su cuarto (fueron
siguiendo una deducción que era más una intuición) obtuvieron una llave extra de Venancia la encargada para hac-
erlo. No notaron nada anormal hasta que uno de los técnicos -«criminólogo» lo llamaron los periódicos- encontró huel-
las de sangre en la pared y cuando aplicó sus detectores químicos halló que prácticamente todo el cuarto había esta-
do manchado de sangre, las manchas lavadas cuidadosamente con agua -una hazaña en sí misma, habida la escasez
de agua que había en el edificio. Dejaron el cuarto como lo habían encontrado, cerraron la puerta y dos agentes se
sentaron en el cuarto de la encargada, cuya reja permitía dominar todo el pasillo. Había otros policías de paisano
apostados en la calle, todos esperando al presunto asesino. Por fin apareció, caminando tranquilo, un hombre común
y corriente, sin cargos de conciencia ni apariencia truculenta. Cuando enfiló por el pasillo Venancia (que lo veía todo)
dijo que ése era el compañero de cuarto del organista. Lo prendieron antes de entrar al cuarto, sin hacer él la menor
resistencia. En la jefatura de la policía secreta (que era la encargada de las investigaciones y cuyos agentes lo habían
detenido: no había otra policía investigativa entonces, tiempos tranquilos, la policía nacional dedicada a guardar el
orden y cuidar el tránsito) confesó enseguida. Había conocido al organista (que devino en la lamentable pero popular
prosa de un columnista de músico sacro en mero organillero: parte del relato que sigue está reconstruido de los per-
iódicos de la época) en el parque de los Enamorados y éste le había ofrecido su casa (su cuarto) y pagarle sus gas-
tos. Le había prometido también (y aquí estaba el origen del crimen) darle dinero extra. Llevaron una relación más o
menos estable por varios meses (el asesino cuidó mucho de establecer su identidad de bugarrón, de homosexual acti-
vo, el organista definido como el maricón, el homosexual pasivo, definiciones muy importantes para la mentalidad
machista popular y, más decisivo, para su status en la inexorable estancia en la cárcel), pero últimamente el organ-
ista parecía desinteresado en su futuro asesino. No sólo no le daba el dinero prometido sino que llegó incluso a
negarse a sufragarle sus gastos. El día del crimen (mejor dicho, la tarde), el próximo asesino había tenido una dis-
cusión, verbal pero violenta, con el organista, quien se había mostrado particularmente desagradable. El asesino inmi-
nente le pidió dinero una vez más y el proyecto de asesinado le dijo que no, que de ninguna manera, que fuera a bus-
car trabajo al parque. Furioso con esta salida, el casi asesino cogió un cuchillo cercano (su víctima estaba sentada en
su usual mecedora, vistiendo su acostumbrado piyama, todavía sonriendo sarcástico) y sin dudarlo se lo hundió en el
pecho. (La puñalada fue tan feroz que atravesó a la víctima de parte a parte, muriendo instantáneamente, y el cuchil-
lo se clavó en el espaldar del mueble: pero el victimario no supo la profundidad de la herida ni sus consecuencias
hasta horas más tarde.) Al ver lo que había hecho, salió del cuarto, cogió una guagua en la esquina y se fue a la playa
de Marianao, recorriendo allá los distintos centros de diversión y no regresó al solar hasta tarde en la noche. Al entrar
en el cuarto se sorprendió no sólo de que su protector estuviera muerto sino de que siguiera allí, sentado en la misma
mecedora, inmóvil, los ojos abiertos, su sonrisa en los labios y el cuchillo clavado en el pecho. Decidió hacer algo al
respecto y lo que se le ocurrió, para ocultar el crimen y deshacerse del cadáver, fue descuartizarlo. (El cronista crim-
inal calificó el descuartizamiento de «tarea macabra».) Empleó el mismo cuchillo con que lo había matado, que extra-
jo no sin esfuerzo. Para llevar a cabo el desmembramiento, que le tomó tiempo, se quitó primero toda la ropa. Cuando
terminó de cuartear el cadáver descubrió que había una gran cantidad de sangre esparcida por el cuarto, el piso y las
paredes. Se dio a la labor de lavarla, vistiéndose para ir a tirar el agua ensangrentada al vertedero. No encontró a
nadie en el pasillo en los muchos viajes que dio al fondo del piso. Finalmente envolvió las extremidades descuarti-
zadas en periódicos viejos y comenzó a repartirlas por los alrededores. No fue muy lejos pues los miembros tendían
a salirse de su envoltura. (Nunca se dio cuenta de que una de las piernas llevaba todavía una zapatilla a1 pie.) Así
tuvo que dejar los muslos en los portales del Centro Asturiano y el torso en los jardines más alejados del Instituto -que
estaba a solamente veinticinco metros de la entrada al edificio. Lo que le dio más trabajo repartir, cosa curiosa, fue la
cabeza, que trató de ocultar en los servicios sanitarios del bar Payret. Primero la lanzó hacia la cisterna pero rebota-
ba siempre. («Una suerte de baloncesto macabro», añadió el columnista criminal a la descripción.) Cansado de
pelotear la cabeza y aprensivo de que entrara alguien al baño, trató de forzarla por la taza, inodoro adentro -cosa evi-
dentemente imposible, pero no lo disuadió de su empeño enloquecido la idea de imposibilidad sino el hecho de que
los periódicos, húmedos, se desprendían y la cabeza desnuda tenía todavía los ojos abiertos: esa mirada fija lo ater-
ró y huyó. Nadie lo vio deshacerse de sus paquetes (lo que el periodista llamó «carga macabra»), pero en los varios
viajes que dio a la calle, llevando sus miembros, siempre se encontró parado en la puerta lateral un negrito que lo
saludaba. Llegó a pensar que este testigo inocente sospechaba y se preguntó si no tendría que matarlo también. Este
La habana para un infante difunto
Guillermo Cabrera Infante
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