Todos querían con locura a su padre que era una figura respetada en el pueblo, dueño de un café céntrico en que tra-
bajaban los hijos. De cierta manera la venida de media familia a La Habana había sido un paso atrás social, conde-
nados como estuvieron siempre a vivir en el solar (cuando nosotros nos mudamos todavía vivían allí) y por el pobre
salario de Carlitos, afilador ambulante. Balbina era una mujer madura y atractiva, aunque tenía las nalgas más aplas-
tadas que he visto nunca, seguramente herencia paterna. Desde los días juveniles, casi infantiles, en que Carlitos era
objeto de bromas a sus espaldas («Cárlitos, amolador de cuchillitos»), Balbina fue el paradigma de la mujer desnal-
gada y nalgas a la Balbina se convirtió en una categoría del museo de medidas de mujeres. Lucinda no era tan alta
como Balbina, era bastante baja y con caderas breves pero no tenía el culo achatado como Balbina sino más bien
prominente: su figura era graciosa, aunque con una ausencia notable: no tenia una gota de senos: era tan planchada
de tetas como Balbina de nalgas y no exagero si digo que nunca, antes o después, he visto una mujer con menos
senos. La vi llevar toda clase de ropas: vestidos, blusas, hasta la vi en refajo un día y no tenía más que las marcas
de las costillas, estrías en el raso. Su cara parecía polinesia, lo que no es extraño en muchas mulatas, con grandes
labios carnosos y ojos rasgados. Tenía el pelo ondeado natural y la nariz chata pero graciosa. Solamente echaban a
perder el agrado de su cara unos granos que le salían continuamente. Había hecho de todo para eliminarlos, inclu-
sive practicó por un tiempo un antídoto asqueroso: por las noches se ponía saliva en cada barro y se lavaba cuida-
dosamente en la mañana. Nunca oí antes de un remedio semejante y tengo que decir que no le sirvió de mucho el
unto. Con todo, babas y barros, Lucinda resultaba muy atractiva, pero por alguna razón (¿culpa de su cutis?) nunca
tuvo novio y cuando lo consiguió finalmente el resultado de la relación fue casi una catástrofe. Era este novio nocivo
chofer de alquiler de la piquera de Puerta Tierra, también terminal de los ómnibus llamados contradictoriamente Flecha
de Oro: no podían ser más lentos y sucios. El pretendiente se llamaba Prendes, de nombre Alberto, y era joven, bas-
tante bien parecido, serio y tan callado que resultaba taciturno. Le apodaban el Turco, tal vez, creía yo, porque se
parecía a Turhan Bey, el eterno enamorado de María Montez. Pero Prendes llevaba una doble vida y cuando el robo
notorio del banco del paseo del Prado, extraordinario porque era uno de los primeros robos de banco que hubo en La
Habana y porque los ladrones realizaron un robo récord al llevarse un millón de pesos, que equivalían entonces exac-
tamente a la misma cantidad en dólares, se descubrió que el chofer del carro de la fuga era conocido como el Turco
Prendes, de oficio taxista. De milagro no conectaron a Lucinda con el robo para que Zulueta 408 volviera a estar en
los periódicos, precisamente en la crónica roja -y tal vez en editorial insidioso señalando a ese centro de infamia donde
aun las mujeres son peligrosas.
Antes de que ocurriera el robo (que obligó a Lucinda avergonzada a irse por un tiempo al pueblo: el amor de un
criminal incrimina), mucho antes de que conociera al Turco Prendes, fascinante y fatal, que la hizo a mis ojos María
Montez por un día, yo solfa tener una relación estrecha con ella, pero no todo lo estrecha que yo quería: me gustaba
Lucinda, con cutis maltrecho y ausencia de senos y todo. A pesar de Balbina, de Carlitos y de Payeye, público pre-
sente, solíamos quedarnos solos los dos en su cuarto a menudo. Un día ella dijo que le gustaría leer una novelita y
pensé en Maupassant, pensé en Chejov pero no pude pensar en Corín Tellado. «Tú sabes», especificó ella encanta-
dora, «esas donde se hacen cosa». Antes de que ella precisara qué tipo de lectura le gustaría, yo sabia qué era lo
que se conocía como novelita de relajo, definidas por sus autores anónimos como novelitas galantes. Me había encon-
trado un espécimen esotérico -titulado
La lujuria de la boba-,
cosa curiosa, debajo del colchón de la cama de mis
padres. El hallazgo era inusitado por lo puritano que era mi padre y sospecho que su presencia pornográfica se debía
a la curiosidad de mi madre, lectora ávida, pero estoy seguro de que ella no lo compró por las dificultades de adquisi-
ción que se hacían insalvables para una mujer. Nunca pude desvelar el máximo misterio de aquella aparición impre-
sa que surgió sorpresiva de entre el bastidor cundido de chinches y la colchoneta inerte. Leí aquel librito con avidez
y de nuevo subrepticiamente y me abrió una puerta erótica por la que entré a raudales.
(Las memorias de una prince-
sa rusa
y mucho menos
El satiricón
estaban muy lejos de aquella literatura que podía considerar una experiencia
nueva más que renovada.) A esta iniciación siguieron otras novelitas, esta vez compradas por mí aunque su venta
estaba prohibida por la ley (siempre seca de sexo) y había que descubrir la exacta librería de viejo (una particular-
mente provista estaba en la calle de Neptuno, frente al cine Rialto, oponiendo dos tentaciones: la letra impresa tur-
gente y las sombras animadas) en que se vendían más que por debajo del mostrador, detrás en la trastienda, donde
había toda una biblioteca licenciosa sin licencia. Leía una y otra vez cada tomito y siempre resultaban materia esen-
cial para la masturbación. Sus argumentos eran variados, pero la fórmula fornicatoria era la misma: invariablemente
el narrador (o todavía mejor, la narradora, como en
La pepita de Pepita
) terminaba acostándose con todo el mundo,
inocente o culpable, incluido el mayordomo. Hubo una muestra temprana que por alguna razón particular fue fuente
fabulosa de fantasías eróticas para mí. En ella dos mujeres (de la vida o aventureras, como ellas se llamaban) iban a
patinar al parque del Maine, Malecón arriba, llevando incongruentes abrigos largos pues era invierno (¡abrigos, invier-
no, en Cuba!) y al patinar, no sobre el hielo imposible de imaginar sino sobre ruedas, una de ellas mostraba por la
abertura del abrigo que no llevaba absolutamente nada debajo. Este hallazgo precioso lo hacía un hombre (un
cateador sin duda, en busca de pepitas no de oro sino de carne eréctil) que acertaba a pasar por el lugar y allí mismo,
en el parque público, ¡se acostaba con las dos! Era muy temprano en la mañana y no habla nadie más por los alrede-
dores, por lo que el trío (tr(bades y un semental) cometía toda clase de actos indecentes y algunos inclusive contra
natura.
Ésta fue una de las novelitas que leí a Lucinda, tal vez la primera. De más está decir que yo me excitaba con el
sexo oral -pero no como Lucinda. No era tanta mi excitación porque yo tenia que atender a la lectura, al mismo tiem-
La habana para un infante difunto
Guillermo Cabrera Infante
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