Eran los días en que Roberto, nacido Napoleón, Branly, que entró a formar parte del grupo como especialista en
humor vítreo, decía tener un amigo apodado Bombillo y otro apellidado Chinchilla y no sabíamos cuál era el apellido
y cuál el apodo, dudando que la piel de Chinchilla fuera genuina y preguntando cuántas bujías encendía Bombillo.
Recuerdo cuando Branly se anotó un tanto notable con Olga Andreu, al venir a ver sus recién estrenados pececitos
de colores y preguntar con curiosidad casi científica: «¿Son adultos?». Pero Olga (a quien Branly bautizó Olgasana)
desde su sofá hizo del juego de Branly una partida, un repartée.
Adúlteros -dijo Olga-.Son peces pecadores.
-¿Cómo se llaman? -preguntó Branly doble-: ¿Dafnis y Cloe?
-No -dijo Olga-, Debussy y Ravel.
Ah, ya veo -dijo Branly acercándose más al estanque-. Debussy debe de ser ese con los cabellos de lino.
-Son algas.
-¿Oigas?
-Filamentos vegetales que flotan vagamente.
-¿Son impresionistas? -preguntó Branly.
-Sí, Debussy hasta ha compuesto
El Mar,
una impresión.
-Será una presión -dijo Branly-. Aunque dudo que lo haya hecho. Nadie dentro del mar compone
El Mar
y no iba
a componer
La pecera
estando en ídem.
Olga quería espantar a Branly:
-El otro, Ravel, compositor de valses y boleros, compuso
La pavana para un gracioso difunto
.
Branly no se dio por aludido y tuvo la última palabra o la última alusión impresionista:
-Supongo que Debussy compondrá una tarde
L’après midi d’un poisson d’or.
Catia se volvió hacia mí para preguntar casi anonadada:
-¿Es que es loco?
-Es entusiasta.
Lo más curioso es que éramos todos terriblemente tímidos, pero con Olga y con Catia se estaba bien, nos sen-
tíamos cómodos, como en casa. Como Catia y Olga estaban siempre juntas Branly las bautizó the Andreu Sisters, que
para cualquiera que oyera
swing
en los queridos cuarenta era una sonata a trío, la alusión hecha ilusión, el terceto
reducido a dúo dorado. Inevitablemente unos nos enamoramos de Olga y otros de Catia. Yo caí en el grupo
menchevique (éramos minoría) de los que se enamoraron de Catia. Al principio el amor no fue más que unas ganas
de conversar con ella a solas, sin Olga, sin Branly, sin testigos de ya ves (fue por culpa de Debussy, no el silente, cir-
cular de la pecera sino el sonoro pero no menos obsesivo del disco, con su
La plus que lente
que oía interminable-
mente, melodía infinita, movimiento perpetuo en el tocadiscos de Olga, en su apartamento, mientras Selmira, su
madre, llamada a veces Selmíramis de Rossini, entraba y salía de la sala, vigilante y al mismo tiempo indiferente, un
centinela asténico, y en el cuarto del fondo Finita, la abuela de Olga, una viejita como de noventa años, alerta, que
todavía fumaba y, a veces, venía a participar de nuestra conversación, viva, interesada en nuestra ecolalia demente),
después tuve ganas de estar siempre solo con Catia Bencomo y al final me enamoré estúpidamente, que es la única
manera de amar.
Recuerdo exactamente cuándo sucedió. Catia estaba de visita en casa de Olga como siempre y oíamos (¿qué otra
cosa se podía oír?)
La plus que lente,
con sus notas que se demoran, sus silencios embarazados y su disfrazado aire
de vals. Cata la tarde y ya al irme (era pleno invierno por lo que anocheció más temprano que de costumbre) Catia
me acompañó hasta el elevador -era muy chic, viniendo yo del solar de Zulueta 408 y su escalera escatológica, vivir
en un edificio con elevador y era el colmo del glamour que una muchacha lo acompañara a uno hasta coger lo que
Catia llamaba, en broma, el ascensor y yo la corregí diciéndole: «El descensor ahora». Fue entonces que decidí acom-
pañar a mi vez a Catia hasta su casa, que quedaba un piso más abajo, en el apartamento casi exactamente debajo
del de Olga Andreu, demorando la despedida. Se me ocurrió pedirle ver el paisaje por la ventana del pasillo que daba
al sur. (Ni la ventana ni el paisaje ni el sur le pertenecían, por supuesto, pero se lo pedí como si fuera dueña de todo.)
Todavía allí se reflejaba el crepúsculo y desde el balcón se podía ver el tráfico habanero bajando la cuesta donde la
avenida de los Presidentes encuentra su monumento y comienza a bajar por entre los farallones del Castillo del
Príncipe (mi cárcel y mi celda un día) y el nuevo edificio de la Escuela de Filosofía y Letras, nunca mi facultad, al otro
lado. Ya apenas se veta otra cosa que las luces rojas de los autos que iban cuesta abajo y los faros blancos de los
que venían cuesta arriba.
Continuamos la conversación mientras mirábamos la noche habanera. No recuerdo ya de qué hablamos, pero sí
sé que hablamos mucho. A Catia le gustaba oír y a mí, vencida la timidez, me encantaba hablar con ella. Pero la con-
versación devino disturbio doméstico. La familia de Catia la habla empezado a reclamar pues era hora de comer.
Primero fueron por supuesto a casa de Olga Andreu o preguntaron por ella por teléfono y Olga debió decir que Catia
hacía horas que había bajado a su casa. Pero en su apartamento no estaba Catia, lo que era obvio. Debía de estar
entonces en el lobby (ese edificio, con su extraña arquitectura que luego identificaría como eduardina, tenía hasta
lobby: para mí una muestra más de la categoría de Catia) o tal vez en la calle, en la acera, frente a la entrada, donde
a veces se reunían los muchachos y muchachas de la vecindad. Tampoco la encontraron ahí. Estaba por supuesto
conmigo en el balcón de balde, sumidos los dos en la amable oscuridad del final del pasillo, ella mirando al tránsito
(tal vez la contagié con mi admiración de los automóviles, mi pasión por el movimiento) o a la noche (lo que era quizá
La habana para un infante difunto
Guillermo Cabrera Infante
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