una ostra hosca. Durante la fiesta hubo bebida y por primera vez en mi vida me emborraché. El alcohol y la presen-
cia de Catia me hicieron bailar literalmente de alegría, yo que no sé dar un paso: mi baile fue una especie de zap-
ateado zurdo, de absurdo baile jondo, de
tap dancing
demente que tuvo la vertiginosa virtud de asustar -tan inusita-
do era que yo bailara- a Ready, que era la imagen fiel del perro bueno, inteligente y manso, y que por culpa de mis
saltos se convirtió en una fiera repentina y mordió a una niña visitante en su frenesí. Allí terminó la fiesta de boda, con
mi madre furiosa peleando conmigo por haberme emborrachado y lo que era peor, según ella, haber hecho el ridícu-
lo. No supe cuándo ni cómo se fue Catia (sin sentir la esencia de su ausencia) pero sí sé que no debí lucir muy bien
borracho y bailando como un Pan endemoniado y que había presentado a Catia otra faceta de mi carácter que no me
era favorable. Lo cual, para colmo, era falso: yo era lo contrario de un bebedor y los pocos tragos que hicieron falta
para hacerme bailar aquel zapateo desatinado demuestran cuán poco amigo era del alcohol. Pero ésta no fue, fatal-
mente, la impresión que se llevó Caria -¿quién podía convencer a la niña mordida que Ready era un perro bueno?
Sin embargo nuestra tercera entrevista fue la peor, no para Catia pero sí para mí.
Ocurrió en una función de ballet en el teatro Auditorium. Yo había ido con mi madre y Carlos Franqui (quien ante-
riormente me había dado el dinero necesario para ver mi primer ballet: lo digo al pasar pues me he propuesto no hablar
de cultura pero es inevitable que lo apunte) y allí me encontré para mi deleite a Catia acompañada de Olga. La noche,
sin embargo, se mostró tan movida como la tarde de la entrevista en el balcón barroco o la tarde de la boda beoda -y
no me refiero al movimiento en escena. Como en las tragedias un mensajero repentino vino a decirle a Franqui que
su abuela había muerto en el pueblo y debía ir al velorio. Franqui no tenía dinero (tampoco teníamos nosotros, por
supuesto) para el pasaje y hubo que hacerle una colecta rápida entre todos los amigos y conocidos que estaban en
el teatro para que pudiera coger un ómnibus esa misma noche. La colecta determinó mi ajetreo por todo el teatro
(nosotros estábamos en el primer balcón) yendo de amigo en amigo. Para mi bien (a mis ojos) o mi mal (los de ella)
tuve que ver a Catia che cerca más de una vez. Debo explicar esta doble visión. Yo me sentía muy bien viendo a Catia,
pero de alguna manera mi cara debía mostrar los sufrimientos del amor no correspondido (y no la angustia ante la
vicisitud de un amigo con una muerte en la familia y sin dinero) porque se veía en los ojos de Catia, que eran muy
expresivos, que ella me veía sufrir sin poder hacer nada aparentemente -y no creo que contribuyera a la colecta. El
ballet, que vino a interrumpir mi infelicidad con la felicidad de la música y el movimiento de los cuerpos coreos, era
Las sílfides
, en que intervenían Alicia Alonso, todos los miembros del
corps
de ballet femenino, más algunas alumnas
de su academia y tal vez la encargada del edificio -y un solitario bailarín. Branly apenas me dejó ver el ballet con sus
intervenciones irreverentes. «Ese muchacho», me dijo señalando al bailarín único, «es un milagro si no sale afemi-
nado». Cuando terminó
Las sílfides
, con la misma lentitud leve que había comenzado, moviéndose toda la troupe con
pocos pasos, bromeó Branly: «Chopin no ha muerto», hizo una pausa para añadir: «Nada más está dormido», y otra
pausa: «de aburrimiento». Todavía al salir y reunirnos todos para comentar las angustias de Franqui, amigo en apuros,
Branly pudo intercalar: «Lo que no soporto de
Las sílfides
es su machismo», dijo definitivo: «Aunque no se puede
negar que Alicia Alonso sabe movilizar su Afrika Korps de ballet». Todos nos reímos pero yo menos que nadie porque,
ay, Catia no estaba entre nosotros para reírse, sonreírse mona. Se había ido enseguida acompañada por su hermano
(como hace una niña bien) y otros amigos desconocidos para mí, me aseguró Olga Andreu. Deseé con toda mi alma
que entre ellos no se encontrara Jacobsen, el misterioso.
No sé por qué pensé en Jacobsen entonces. Había oído hablar a Catia de Jacobsen varias veces. Casi siempre
fueron comentarios al pasar, sin importancia, dirigidos siempre a Olga, como «Me llamó hoy Jacobsen», o «Vi, ayer a
Jacobsen», o «Va a estar Jacobsen». Pero en una ocasión Catia habló de lo atractivo (¡y en mi presencia!) que era el
tal Jacobsen, hombre sin nombre, a quien yo no había visto antes, a quien no quería ver jamás, a quien no llegue a
ver nunca pero quien siempre se entrometía como un esbozo enemigo en mis proyectos de felicidad -era casi como
la mano animada de la abuela de Catia. Tal vez esa noche ajetreada de la función de ballet que empezó mal, ella men-
cionara una vez más a Jacobsen o lo hubiera visto en el teatro -aunque Jacobsen no me parecía persona posible de
gustarle el ballet, ni siquiera de oír música, mucho menos de apreciar la relación que había entre Catia y
La plus que
lente
y ni remotamente capaz de encontrar la influencia de Debussy en la música cubana, no dudaba de que se pre-
sentara de improviso, surgiendo de entre las sombras, un siniestro. ¡El odioso Jacobsen! Tuve ganas de ponerme un
antifaz de seda negra (en tiempo de carnaval) y acercarme al afortunado para invitarlo a probar mi amontillado y con-
ducirlo a mis cuevas donde guardaba las paletas y el nivel -¿pero cómo reconocerlo? Hasta el día de hoy no sé qué
cara tuvo. Nunca supe tampoco si era simpático o sangrón, moderno o chapado a la antigua, inteligente o imbécil, que
eran las categorías que importaban entonces. Tampoco sé qué tipo tuvo. ¿Era alto y delgado o bajo y rollizo? ¿Llevaba
barba roja o pelo pajizo crespo? ¿Era Jacobsen danés legendario y remoto o cercano, familiar judío?
La tercera vez que salí con Catia (la única vez verdaderamente, ya que las dos veces anteriores no había salido
con ella y el día de la boda de mi tío el Niño ella vino a la fiesta pero se fue sin mí, yo quedado con Baco y la furia de
mi madre) fue a ver
Mientras yo
agonizo (quiero decir,
Mientras la ciudad duerme)
al Riviera. Recuerdo los comen-
tarios de Olga Andreu, que nos acompañaba (Catia, bien criada, no salía sola con un muchacho sin chaperona),
aunque no recuerdo quién era su compañero, durante la película. «Ése es el bonitillo», decía Olga, que siempre afec-
tó hablar en habanero, jerga popular a pesar de su dinero. «¡Qué bueno está!» ¡Dios mío, decir que Brad Dexter esta-
ba bueno! Era como para morirse de risa, pero yo aquella noche me moría de amor y de celos por Catia. Fue tanto el
doble dolor que no lo pude soportar y a la salida, pretextando que iba al baño, me escabullí por la escalera cubierta
de El Carmelo y regresé a casa sin decirles nada a ellas. Luego, cuando vi a Catia de nuevo al día siguiente, le pre-
La habana para un infante difunto
Guillermo Cabrera Infante
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