gunté si no le había resultado inusitada mi desaparición (en todo el viaje en guagua yo disfrutaba la posible extrañeza
de Catia y de Olga, sobre todo de Catia, quien pensaría de mi despedida a la inglesa, creía yo: «¡Qué original!») me
dijo que sí le había parecido raro y que preguntó por mí y después decidió que yo me había aburrido con la película.
(Pero nunca con ella: ¡qué presunción!) Recuerdo todavía sus exactas palabras: «Te buscamos. Yo pregunté: ¿Han
visto ustedes a un muchacho bajito? Pero nadie del cine ni del Carmelo te había visto». Lo que me dolió no fue que
nadie hubiera notado mi ausencia, sino que Catia, cara Catia, por toda descripción de mi persona escogiera. el adje-
tivo bajito. Yo no soy alto pero tampoco era Catia una valquiria y aquella noche bien pudimos haber salido con Bulnes,
admirador de Olga desde abajo, que medía poco más de cinco pies, si acaso. Ángel Bulnes, que casi era un enano,
había hecho de su estatura baja una cualidad poco común y decía que él era del tamaño de un ángel. Bulnes, que un
día contó cómo durante una discusión con su jefe, su furia fue tal que perdió el control: «Me subí a una silla y lo
abofetié». Ese bajo Bulnes inbulnerable pudo ser el compañero de Olga, pero todo lo que Catia tenía que decir de mí
para identificarme era: un muchacho bajito. Aquellas palabras terminaron por convencerme de que Catia jamás me
amaría, aun si no existieran las diferencias sociales, si salvara la barrera familiar, si desapareciera el invisible pero
ubicuo Jacobsen -y la dejé de ver pero no de soñar con ella.
Es decir, ésa no fue la última vez que la vi -nunca es la última vez que uno ve a nadie. La vi después algunas veces
y luego nos mudamos, verdadero salto hegeliano (como lo declaró Silvio Rigor) para la calle 27 y avenida de los
Presidentes, casi enfrente (ladeado) del edificio Palace: de nuestro balcón se veían las ventanas del apartamento de
Olga Andreu. También se habrían visto las ventanas de Catia si no se hubiera mudado al poco tiempo -¿esquiván-
dome tal vez toda la familia? Paranoia invertida aparte, creo que inclusive se mudaron antes de que nosotros nos
instaláramos en el barrio. Como dije, la vi otras veces y hasta me pasó en limpio un cuento en el que se atrevió a
criticar que mi personaje, una niña, empleara ciertos tiempos de verbo que, según ella, crítica gramatical, no eran
infantiles. Pero para ese entonces mi amor, mal curable, ya había pasado. Tal vez no habría pasado, fiebre recurrente,
si ella hubiera consentido mirarme siquiera con un poco de amor de vuelta, con una fugaz muestra de la mirada
amorosa que le vi en el balcón vacío. Pero nunca lo hizo. Por otra parte yo jamás la olvidé: estaba
La plus que lente
para hacérmela recordar y a menudo le pedía a Olga Andreu que tocara el disco en su tocadiscos. Luego el tiempo
se ocupó del resto y ya ni siquiera
La plus que lente
podía hacerme suspirar por Catia.
Pasaron los años: creo que pasaron diez o por lo menos más de cinco. Ya yo me había casado y tenía una hija y
ella (quiero decir Catia) se había casado también. (Aunque no afortunadamente con Jacobsen, según creo: nunca
estuve seguro de ese fantasma.) Casi no la recordaba cuando una mañana iba para el trabajo, viviendo en otra parte
de El Vedado, en mi carro convertible, y tuve que parar en la esquina de la calle 21 y avenida de los Presidentes para
dejar pasar el tránsito por la avenida. Esperando la guagua en esa esquina estaba una mujer más bien baja, gruesa
o por lo menos entrada en carnes, con una nariz larga y gorda y bulbosa, que vestía una bata blanca que le queda-
ba grande y usaba espejuelos semimontados al aire: el colmo de lo corriente. Era Catia Bencomo. Al principio me
costó trabajo descubrir debajo de esa habanera el vals más lento, pero al ver ella que yo la miraba con insistencia,
me miró y me reconoció y me saludó. La saludé yo también -pero no la invité a llevarla en mi auto a donde fuera y allí
se quedó esperando su guagua. Seguí mi camino casi cantando de alegre que iba: me había alegrado ver a Catia
convertida de un paradigma juvenil, del ideal femenino, de único objeto amoroso en una cubana cualquiera y fea para
colmo: fue una alegría casi salvaje o por lo menos malsana, que duró todo el día.
La habana para un infante difunto
Guillermo Cabrera Infante
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