ba la parada de todas las guaguas de La Habana y del mundo, y de un solo movimiento Virginia abandonó la acera y
montó a una moviéndose con tal rapidez que no pude siquiera saber qué rabia de ruta era. Sólo tuvo tiempo para avis-
arme: «Adiós». Fue apropiado que me dijera adiós y no hasta luego porque no volví a vera Virginia, no de cerca. La
vi de lejos, subido a la azotea, ahora nido de odio, al día siguiente, a las cuatro. La vi salir del Instituto, lo que era
inusitado. Pero no iba sola: iba con Krokovsky, lo que era grotesco. Krokovsky que tenía, como yo, una mente intere-
sante, la seguía más que la acompañaba. Virginia siempre caminó rápida, aun en las caminatas que dio conmigo: si
no lo mencioné antes es para conservar el grato recuerdo de un paseo, ahora hecho una ingrata vía crucis al verlos
entrar juntos al Centro Asturiano. Los seguí a los dos con mi vista de águila parapetada en un promontorio, mi escarpa
muda. En realidad me ayudaban mis espejuelos y el haber subido a la azotea del teatro Payret para observar la ven-
tana de la biblioteca y verlos finalmente sentarse uno al lado del otro, conversando, en voz baja innecesaria -íntimos,
hipócritas lectores, no mis semejantes, jamás mis hermanos.
No fue Beba Far quien me curó del mal de Virginia Mettee: fue el veneno de Virginia su propio antídoto, pero Beba
Far inspiró mis próximos trabajos de amor perdidos. Tal vez no fuera exacto en una cronología pero lo es en mi memo-
ria que mide mi tiempo. En el recuerdo está la primera vez que vi a Beba, apenas entrevista, en el lobby (más bien el
saloncito) del Royal News donde Germán Puig y Ricardo Vigón sostenían su Cine-Club de La Habana, que era hero-
ico pero tenía un nombre muy grande para su cantidad de realidad de sueños: la salita de proyecciones del noticiero
Royal News -que también era pretencioso con su nombre real inglés. Fue allí en una de sus noches tórridas (el Royal
News no podía permitirse el lujo necesario del aire acondicionado) que vi a Beba from afar aunque estábamos casi
encimados y esa vez ha durado en mi memoria tanto como las peripecias de Buster Keaton en la pantalla luego: era
también la primera vez que veía a ese comediante único: era una sesión homenaje pero nosotros resultábamos hom-
enajeados. La vi antes de empezar la función, en el lobby. Este recinto tenía una pared de espejos, tal vez para
agrandar ilusoriamente su tamaño, pero añadía a la promiscuidad al doblar los cuerpos expectantes. Esa multipli-
cación sólo estuvo justificada cuando se reflejó la anatomía melancólica de Beba Far, desplegando su esplendor
estático. Aunque ella debía de tener mi edad (tal vez diecisiete, tal vez dieciocho años) era una mujer, mucho más
mujer que Virginia Mettee y todo lo contrario en apariencia: aunque era muy blanca de piel, tenía el pelo muy negro y
era lo que se llamó una «belleza real» (¿contagio nominal del Royal News?), de brazos gordos pero bien torneados
y piernas mejor hechas que los brazos, con caderas amplias y cintura estrecha y -un busto voluminoso, prominente-
en una frase habanera, estaba buena. Pero esa primera visión doble no tuvo consecuencias. ¿Cómo me iba a imag-
inar que Beba Far sería tan importante para mi, tan decisiva, tan total que me enamoraría de ella, que la amarla loca-
mente, que me llevaría casi a la muerte de amor?
Yo había conocido primero a su hermana Queta, que era una rubia bovina, tranquila, tal vez demasiado pasiva,
que iba a la Biblioteca Nacional que estaba entonces en el Castillo de la Fuerza, la fortaleza militar más antigua de
América -la pluma venciendo a la espada sin proponérselo. Iba a la biblioteca a veces a estudiar oculto y recuerdo un
día que estudiando física, encerrado en el salón de lectura (que debió ser la estación de los oficiales de la fortaleza,
con sus vigas desnudas y sus paredes mohosas) todo el día, sin almorzar, y al salir a las seis de la tarde, con tanta
física tuve una reacción química, como una iluminación, lo que para un creyente seria una experiencia mística, en la
que la explanada del castillo, la añeja calle aneja y la plaza colonial vibraban con una luz extraña que no tenía nada
que ver con el crepúsculo, no una luz exterior sino una luz que salía de mis ojos, destacando el paisaje urbano antiguo
con una luz nueva. Pero eso ocurrió mucho antes de descubrir los libros. En esta época. ahora ya yo no iba a estu-
diar encerrado en la biblioteca sino a aprender a leer. Fue allí que continué mi lectura de la obra de Faulkner (inicia-
da por el regalo de
Las palmeras salvajes
por Carlos Franqui, tiempo antes, libro que me fascinó, aunque tiempo
después iba a saber que esta fascinación se debió no sólo a Faulkner escritor sino también a Borges traductor), leyen-
do
Mientras yo agoni
zo, espléndida en la traducción argentina, libro que le di a leer a Jorge Roche, pianista prodigio
por quien yo tenia admiración como músico (todos los escritores aspiran a la condición de músicos), veneración que
terminó cuando después de leer él una página, me dijo: «Parece Azorín», y deduje que debía dar conciertos con par-
titura. Fue por esa época en que Roche hizo derroche de lectura ciega, leyendo de oído, que conocí a Queta, que era
una doncella de Degas: es decir, tenía tantas facciones feas, corrientes y a la vez exudaba una cierta belleza encan-
tadora, que me distraía de la lectura. Leyendo y mirando a Queta, apareció un día un muchacho bien parecido, que
se tomó, allí en la biblioteca., ciertas libertades con ella: hablándole al oído, tocándola y besando y ella riendo tanto,
que sentí celos (entonces era capaz de sentir celos por una muchacha a la que había poseído sólo con la mirada),
los primeros celos producidos por las hermanas Far -que se convirtieron en ridículo secreto al decirme Queta, días
después, que la frescura era fraternal: ese visitante ocasional era su hermano, entonces un actor incipiente y al que
llegué a conocer y a estimar y es todavía un amigo. A Queta la vi muchas veces, inclusive una noche, un lunes de
noche, me senté junto a ella en el casi desierto balcón de la Filarmónica: encuentro extraño porque debíamos haber
ido los dos a la Filarmónica el domingo anterior, ayer por la mañana a la fuerza de la gravedad económica, pero ahora
estábamos oyendo a dúo una pobre pavana de Nin-Culmell, hermano musical de Anaïs Nin, menorista erótica, cosas
todas que yo ignoraba entonces. Pero mi ignorancia no se limitaba a los Nin. Seguí saliendo con Queta, rubia desvaí-
da, sin conectarla con Beba, belleza bruna, durante un tiempo. La última vez que la vi verdaderamente fue cuando me
detuvo en plena calle en el Prado. Mientras en el paseo el poeta Juan Clemente Zine y su séptima musa seguían sóli-
dos y estables, por los lados los autos nos pasaban veloces, ruedas chirriando, sonando el claxon, insultándonos sus
La habana para un infante difunto
Guillermo Cabrera Infante
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