da intimidad para mí, intimidado- y alguien más la cargó por medio cuerpo, mientras ella, riéndose, protestaba ape-
nas. Fuimos todos con nuestra carga preciosa hasta la orilla, penetramos en el mar y la dejamos caer, haciendo un
chasquido el chapuzón. Pero cuando Beba se recobró de la zambullida y salió sonriente del agua, el chapuzón se hizo
chasco: todos los ruidosos retozones hicimos silencio súbito, paralizados por su presencia -verla fue ver surgir (y
ahora no era mera metáfora) a Venus de entre las olas. Me pareció que nunca había visto una mujer tan bella.
Esa noche sucedieron dos hechos no conectados entre sí pero relacionados, aunque no tienen nada que ver con
mi camino de perfección del arte de amar: son mera diversión:
per aspera ad amor.
Fuimos a comer un grupo en el
que estaban Beba y Queta, por nuestra cuenta. No era un restaurante que se pareciera remotamente a los de La
Habana (aun los de La Habana pobre que yo pudiera frecuentar con mi nada saneado salario) pero comimos bien,
incluso Beba, que parecía difícil para escoger cualquier cosa. Pero Queta resultó imposible: sólo comió arroz. A la sal-
ida, caminando por las calles apenas iluminadas, tropezando, levantando piedras a cada paso, Queta me confió que
no podía comer carne porque siempre veta a la vaca a punto de ser sacrificada cada vez que cortaba un bisté. Estuve
de acuerdo con ella que era inhumano (Queta me corrigió: «Inanimal») comer carne, aunque llevaba mi tripa repleta
de carne de vaca, sin vagas visiones vegetarianas. Beba caminaba delante con Silvano y a la escasa luz de las casas
yo podía ver su cuerpo moviéndose armonioso para caminar entre cantos. No sé si estaba completando su imagen
en mi memoria pero cada vez me gustaba más ver a Beba a mi alrededor -aunque ella era mucho menos muchacha
que Virginia y ya Virginia era toda una mujer, mientras que yo con mis diecinueve años todavía no cumplidos parecía
un adolescente sin arte y sin retrato.
Al llegar al hostal (o lo que fuera) advertimos un extraño movimiento. Había ocurrido un incidente melodramático
que al final resultó cómico. Varios actores fueron al centro del pueblo y entraron en un café y pronto hubo a su alrede-
dor una atmósfera hostil: el machismo municipal se manifestaba crudo contra los recién venidos, en esa ocasión todos
demasiado finos de maneras y gestos ante aquellos toscos. El mayor de los actores, ninguno de carácter, se dio cuen-
ta del error de entrada y trató de corregirlo con un error de salida, mal mutis, como siempre pasa a los actores con un
papel pobre. Dijo en voz baja a sus amigos: «Caballeros», luego me contó que él casi había dicho como siempre
«Muchachas», pero así lo relató esta vez, «se están formando a nuestro alrededor negros nubarrones, anuncio de tor-
menta. Paguen lo más tranquilamente que puedan y salgamos de aquí uno a uno». Así hicieron pero la canalla del
café los siguió a la calle y a través de medio pueblo. Los actores caminaban rápidos pero sus seguidores, que
conocían cada canto rodado, se hacían perseguidores. Pronto corrían a salvo de sus vidas, los actores convertidos
en corredores. Los perseguidos alcanzaron el hostal, esta vez refugio, acogiéndose a su asilo -donde dormía Franqui
y Ernesto Miret, actor heterosexual, estaba sentado en su cama: «Comiendo mierda», explicó él habaneramente. Al
oír el tumulto se despertó Franqui y Miret lo acompañó a la entrada, donde los actores sin aliento trataban de recon-
struir, dramáticos, su ordalía. Pero no tenían que contar de la cacería: sus perseguidores acababan de llegar, dis-
puestos a completar la caza. Franqui no lo pensó dos veces y se armó de la tranca para cerrar la puerta -pero en vez
de cerrarla la abrió y salió a la acera. Miret lo siguió y sacó una piedra de la calle sin dificultad. Cuando los rufianes
se vieron enfrentados por gente armada, dieron media vuelta y echaron a correr y de perseguidores se convirtieron
en perseguidos, pues Franqui casi los alcanza, todavía en calzoncillos, olvidado de su vestimenta y de que estaba en
la calle real de la ciudad, llegando ya al parque principal. Fue Miret quien le dio alcance y lo convenció de la conve-
niencia de regresar al hostal al mostrarle su estado: un forastero semidesnudo con una estaca en la mano no era cier-
tamente el aspecto que convenía a un enviado cultural venido de La Habana con un grupo teatral a escenificar la vida,
pasión y muerte de Jesucristo. Al oír el cuento, completado por Miret en su estilo escatológico, Silvano se moría de
risa (aunque luego, en el futuro cercano, tendría una experiencia dolorosa de lo que es la chusma cubana en acción,
cuando el Grupo Prometeo -Morín nunca escarmentaba- fue a actuar en un cine no lejos de La Habana y se encon-
traron actores y director que la representación tendría lugar al final de la película y por público tuvieron a los maleantes
del pueblo, que desde el paraíso los expulsaron de la escena y a la salida del teatro los bombardearon a pedradas,
una de las cuales le dio a Silvano en la canilla, incapaz ahora no sólo de caminar sin cojear sino de reír sin dolor) y
yo también oí el doble cuento regocijado. Luego uno de los actores acosados, cuyo nombre no hay que mencionar
porque es famoso, mirando mariconamente a Franqui, ya vestido, me dijo embelesado: « ¡Ése es mi héroe!». Lo que
no le impidió casarse, dos años después, con la heroína de La Pasión, María Magdalena miope.
Por fin llegó la noche de la puesta en piedra, como llamaría Miret después a la representación, de La Pasión, que
tendría lugar en los portales del Palacio Brunet, sus soportales haciendo de escena y el interior sirviendo de cameri-
nos y bastidores y bambalinas. Miret sería Cristo y este sorprendente actor había tomado, contra lo que se pudiera
suponer, su papel muy en serio, como siempre ocurre con La Pasión, en que su protagonista llega a creerse que es
no una versión de jesús sino el Nazareno encarnado. Pero ocurrió que Miret tenía que venir descalzo desde el interi-
or a oscuras y tropezó con una de las piedras del piso que sobresalía incrédula y no pudo evitar exclamar, al tiempo
que salía a escena: «¡Me cago en Dios!». Casi se oyó en el público y yo no pude olvidar nunca el espectáculo priva-
do de ver a Cristo blasfemando. Curioso de saber cómo terminaba La Pasión, me quedé hasta el final. La repre-
sentación fue conmovedora, al menos para el gusto católico de los trinitarios que colmaban la calle y la plaza aledaña
y aplaudieron con eco in lontano. Después de la función hubo el sentimiento anticlimático de haber venido tan lejos
para una sola actuación. «Lo mismo le pasó al Señor, señores», dijo Miret, consolando a los actores, «y todavía dijo:
“Perdónalos, Dios mío, que no saben lo que hacen’: Bien podía estarse refiriendo Él a todos nosotros».
Afortunadamente no íbamos a tener que sufrir a un actor con la cruz de Cristo a cuestas: Miret estuvo esa noche más
La habana para un infante difunto
Guillermo Cabrera Infante
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