sona interpuesta a los muchos misterios de la vida. Salvé la entrada a la sala salaz no sin antes enfrentarme a la sen-
sacional sorpresa del viejo don Domingo en funciones de portero, amable cancerbero canoso, que pareció no recono-
cerme. (Estoy seguro de que fingió no conocerme para mantener su dignidad de andar por casa, esa comunal casa
descomunal que era Zulueta 408.) Recuperado de descubrir a nuestro senador en otro congreso, haciendo pasar per-
sonas como leyes, atravesé el umbral misterioso y de pronto me encontré en el templo de templar, dentro del domo
drolático, allí donde era posible esa extraña unión del sexo y el humor, un milagro pagano, pues no hay acto más cer-
emonioso que el coito. Me divertí de veras, sobre todo con las parodias de canciones contemporáneas a las que se
sometía a un ingenioso trastrueque de su letra textual por un injerto de malas palabras que sustituían los buenos ver-
sos y de un doble sentido que era sentido único. Así la «Guantanamera», trova tradicional, era trasvestida y su forma
folklórica se transformaba en un refrán: «Aguántamela manguera». La letra del tango que dice: «Sabia que en el
mundo no cabía», se convertía en: «Sabía que en el culo te cabía / Cuatro troles de tranvía / Y la pinga del conduc-
tor...». Estaba la otrora dama del velorio, ahora una mulata melódica, entonando una larga melopea a unas «mor-
rongas moradas», que aparecían por dondequiera que ella iba, dejando detrás una estela de penes purpúreos y que
tomé por una referencia pictórica (y pintoresca) a la sífilis, mal de amor. Hay otros ejemplos más descacharrantes,
pero citarlos seria hacer listas -además que están los derechos de autor. Esa primera prueba de hombría habanera la
pasé con altas calificaciones y, ya casado, fui a menudo, solo o acompañado pero nunca por una mujer, que no se
veían entre el público pornográvido. (En época de carnaval solían asistir a las funciones capuchones misteriosos: no
eran Montresors sino mis tesoros: mujeres curiosas disfrazadas para penetrar en ese templo que era lo contrario de
una zenana: «Sólo para caballeros», como advertía un letrero en la puerta, que bien podía añadir: «Que pierdan toda
vergüenza las que entraren». Siempre encontré al Shanghai, Changa¡ divertido, y en una ocasión resultó instructivo.
Años más tarde acompañé a un cineasta italiano que quería hacer un documental llamado
La Habana de noche
y oí
con sorpresa a la salida, idéntica a la que me dio don Domingo a la entrada, que comparaba el espectáculo habanero
con el teatro popular napolitano!)
La segunda prueba fue más difícil porque tenla que dejar de ser espectador para convertir en actuante -o por lo
menos en actor. Fue ir por primera vez a un prostíbulo. Me llevó Carlos Franqui, quien pensaba que no habla mucha
diferencia en iniciarme de Faulkner a fucking. Vino con nosotros, también por primera vez, Pepito, más que mi amigo
mi semejante, mi vecino del falansterio. Ya saben que yo conocía Colón, pero sólo superficialmente, al atravesarlo
como una selva seductora, con flores perfumadas pero ponzoñosas. Había pasado por primera vez por el barrio con
algunos compañeros de bachillerato, atrevidos, que solían hacer burlas a las putas que hacían el día. Uno de los
chistes favoritos de un compañero más osado que los otros, Guido Canto, que no duró mucho en el Instituto, era con-
seguir (no sé cómo: todavía hoy no me lo explico, por lo que tiendo a creer el cuento de Frank Harris, memorista men-
tiroso, en que Maupassant te hacía pareja demostración) una erección a voluntad, visible por encima del pantalón y
dirigiéndose a una puta parada en la puerta o detrás de su rejilla mozárabe a mostrarle su bulto entre las piernas y
decirle: «Te la doy gratis:>, para ganarse nuestra risa invariable y la variable maldición de la mujer de la vida. Pero
nunca había entrado en un burdel. Esa noche iba no sólo a entrar por primera vez en un bayú sino que me iba a
acostar por primera vez con una mujer, ya que no podía decir que la refriega (eso fue lo que fue) con Nela en su catre
precario fue acostarse y fue lo más cerca que estuve entonces del coito.
La reunión previa ocurrió inevitablemente con el grupo político-literario que se juntaba en la acera reaccionaria del
Diario de la Marina,
frente al capitolio iluminado, pero la noche no tenía la fosforescencia de las primeras noches
habaneras, los reflectores proyectando una luz intensa y cruda. Hacíamos tiempo Franqui, Pepito y yo pata ir los tres
hacia el barrio de Colón (debían de ser más tarde de las ocho y antes de las diez pero no recuerdo haber oído esa
noche el estruendoso cañonazo de las nueve), nuestro destino, la meta, el teatro de la prueba privada. Finalmente
dejamos la esquina de Teniente Rey y cogimos Prado abajo, hasta llegar a la calle Virtudes y por ella (por virtudes
hacia el pecado) bajar hasta Crespo y la esquina de Trocadero -o sea, el corazón oculto pero palpitante de Colón. La
calle, la esquina, las casas estaban a oscuras. Tocamos (es decir, tocó Franqui) a la puerta de una mansión colonial
y el portón grueso se entreabrió al instante, como accionado automáticamente -al menos, así me pareció a mí. Asomó
la cara una mulata que al vernos, a mí y a Pepito, preguntó:
-¿Son mayores ellos?
-Sí-dijo Franqui, mintiendo.
-No lo parecen -dijo la mulata, que debió mirarme más a mí que a Pepito.
-Bueno -dijo Franqui-,pero lo son.
-Mira que no queremos líos con la policía.
-Los vamos a tener si seguimos aquí.
Este argumento circular pareció convencer a la portera, cancerbero (veo que abundan en esta zona las referen-
cias a esa creación mitológica feroz: es que tanto el Shanghai como el barrio de Colón eran sitios míticos habaneros
de lo que las buenas costumbres llaman vicio) o lo que fuera ella. Abrió la puerta para permitirnos entrar y hubo un
contraste como de cine entre la oscuridad de la calle y la iluminación dentro del bayú, su bullicio, su jolgorio: el exu-
berante regocijo de la vida alegre. Era un edificio de tres pisos, con un patio interior y balcones corridos que daban a
lo que debió ser un jardín: la usual casa solariega de La Habana Vieja devenida domicilio del placer. Había un gran
trasiego de mujeres con escasa ropa y decir poca para algunas pupilas era decir mucho: una o dos no llevaban más
que pantaloncitos y hubo un momento en que se abrió uno de los cuartos cerrados y en la puerta apareció una mujer
La habana para un infante difunto
Guillermo Cabrera Infante
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