Nuestro padre el barón era un hombre fastidioso, la verdad, aunque no malvado;
fastidioso porque su vida estaba dominada por ideas confusas, como sucede a menudo
en épocas de cambio. Los tiempos agitados transmiten a muchos una necesidad de
agitarse ellos también, pero totalmente al revés, o de forma desorientada: así, nuestro
padre, con lo que entonces se estaba incubando, hacía alarde de pretensiones al título de
duque de Ombrosa, y no pensaba más que en genealogías y sucesiones y rivalidades y
alianzas con los potentados vecinos y lejanos.
Por eso en casa se vivía siempre como si estuviéramos en el ensayo general de una
invitación a la Corte, no sé si a la de la emperatriz de Austria, del rey Luis, o quizá de
aquellos montañeses de Turín. Nos servían un pavo, y nuestro padre observaba si lo
trinchábamos y descarnábamos según todas las reglas reales, y el abate casi no lo
probaba para no dejarse coger en un error, él que debía ayudar a nuestro padre en sus
reprensiones. Del caballero abogado Carrega, en fin, habíamos descubierto su fondo de
intenciones equívocas: hacía desaparecer muslos enteros bajo los faldones de su
zamarra turca, para comérselos luego a mordiscos como le gustaba, escondido en la viña;
y nosotros habríamos jurado (aunque nunca conseguimos pillarlo con las manos en la
masa, de lo hábiles que eran sus movimientos) que se sentaba a la mesa con el bolsillo
lleno de huesos ya descarnados, para dejarlos en el plato en lugar de los cuartos de pavo
hechos desaparecer como por encanto. Nuestra madre la generala no contaba, porque
usaba bruscos modos militares incluso al servirse en la mesa - «So! Noch ein wenig!
Gut!» -, a los que nadie replicaba; pero con nosotros se comportaba, si no con etiqueta,
con disciplina, y echaba una mano al barón con sus órdenes de plaza de armas - «Sitz'
ruhig! ¡Y límpiate los morros!» -. La única que se encontraba a sus anchas era Battista, la
monja doméstica, que descarnaba pollos con un ahínco extremo, fibra por fibra, con unos
cuchillitos afilados que sólo tenía ella, parecidos a bisturís de cirujano. El barón, que
acaso habría podido ponérnosla como ejemplo, no osaba mirarla, porque, con aquellos
ojos espantados bajo las alas de la cofia almidonada, los dientes apretados en su amarilla
carita de ratón, le daba miedo incluso a él. Se comprende, pues, que fuera la mesa el
lugar donde salían a luz todos los antagonismos, las incompatibilidades entre nosotros, y
también todas nuestras locuras e hipocresías; y que precisamente en la mesa se
determinara la rebelión de Cósimo. Por esto me alargo al contarlo, puesto que, en la vida
de mi hermano, ya no volveremos a encontrar ninguna mesa aparejada, podemos estar
seguros.
Era también el único sitio en donde nos encontrábamos con los mayores. Durante el
resto del día nuestra madre se retiraba a sus habitaciones a hacer encajes y bordados y
filé, porque la generala, en realidad, sólo sabía ocuparse de estas labores
tradicionalmente femeninas, y sólo con ellas se desahogaba de su pasión guerrera. Eran
encajes y bordados que acostumbraban a representar mapas geográficos; y extendidos
sobre cojines o tapices, nuestra madre los punteaba con alfileres y banderitas, señalando
los planes de batalla de la Guerra de Sucesión, que conocía al dedillo. O bien bordaba
cañones, con las distintas trayectorias que salían de la boca de fuego, y las cureñas, y los
ángulos de tiro, porque era muy competente en balística, y tenía además a su disposición
toda la biblioteca de su padre el general, con tratados de arte militar y tablas de tiro y
atlas. Nuestra madre era una Von Kurtewitz, Konradine de pila, hija del general Konrad
von Kurtewitz, que veinte años antes había ocupado nuestras tierras al mando de las
tropas de María Teresa de Austria. Huérfana de madre, el general se la llevaba consigo al
campo; nada novelesco, viajaban bien equipados, se alojaban en los mejores castillos,
con un tropel de criadas, y ella se pasaba el día haciendo encajes de bolillos; eso que
cuentan, que también ella iba a las batallas, a caballo, sólo son leyendas; siempre había
sido una mujercita de piel rosada y nariz respingona como la recordamos nosotros, pero
le había quedado esa paterna pasión militar, quizá como protesta contra su marido.