distintos aromas, que ya conocía de cuando, traídos por el viento, llegaban hasta nuestro
jardín y nos parecían una sola cosa junto con el secreto de aquella villa. Luego miraba la
fronda y veía hojas nuevas, algunas grandes y brillantes como si corriese por ellas un velo
de agua, otras minúsculas y pinadas, y troncos lisos o con escamas.
Había un gran silencio. Sólo se elevó un vuelo de pequeñísimos mosquiteros, gritando.
Y se oyó una vocecita que cantaba: «Oh, la la la! La ba-lan-çoire...-» Cósimo miró abajo.
Colgado de la rama de un gran árbol cercano se balanceaba un columpio, con una niña
sentada de unos diez años.
Era una niña rubia, con un alto peinado un poco ridículo para una nena, un vestido azul
también de persona mayor, cuya falda, ahora levantada por el columpio, se veía
rebosante de encajes. La niña miraba con los ojos entornados y la nariz levantada, como
por una costumbre de hacerse la señora, y comía una manzana a mordiscos, doblando la
cabeza cada vez hacia la mano con la que tenía al mismo tiempo que sostener la
manzana y agarrarse a la cuerda del columpio, y se daba impulso golpeando con la punta
de los zapatitos en el suelo cada vez que el columpio estaba en el punto más bajo de su
recorrido, y arrojaba de la boca los trocitos de piel de manzana mordisqueada, y cantaba:
«Oh, la la la! La ba-lan-cobre...», como una muchachita a quien ya no le importara en
absoluto ni el columpio, ni las canciones, ni tampoco (aunque quizá algo más) la
manzana, y tuviera ya otros pensamientos en la cabeza.
Cósimo, desde lo alto de la magnolia, se había descolgado hasta la horcadura más
baja, y ahora estaba con los pies puestos, uno aquí y otro allá, en dos horquillas y los
codos apoyados en una rama frente a él como en un antepecho. Los vuelos del columpio
le traían a la niña justo delante de sus ojos.
Ella estaba distraída y no se había dado cuenta de su presencia. De pronto lo vio allí,
de pie en el árbol, con tricornio y polainas. «¡Oh!», dijo.
La manzana se le cayó de la mano y rodó al pie de la magnolia. Cósimo desenvainó el
espadín, se inclinó desde la última rama, alcanzó la manzana con la punta del espadín, la
ensartó y se la ofreció a la niña que mientras tanto había hecho un recorrido completo del
columpio y estaba de nuevo allí.
- Cójala, no se ha ensuciado, sólo está un poco aplastada por un lado.
La niña rubia ya se había arrepentido de haber demostrado tanta sorpresa por aquel
muchachito desconocido que había aparecido allí en la magnolia, y había recobrado su
aire afectado con la nariz hacia arriba.
- ¿Sois un ladrón? - dijo.
- ¿Un ladrón? - dijo Cósimo, ofendido; después, pensándolo mejor, la idea le gustó -.
Pues sí - dijo, y se caló el tricornio sobre la frente -. ¿Algo en contra?
- ¿Y qué habéis venido a robar?
Cósimo miró la manzana que había ensartado en la punta del espadín, y le vino a la
cabeza que tenía hambre, que casi no había probado bocado en la mesa.
- Esta manzana - dijo, y empezó a mondarla con la hoja del espadín, que tenía, a pesar
de las prohibiciones familiares, muy afilada.
- Entonces sois un ladrón de fruta - dijo la muchacha.
Mi hermano pensó en las bandas de chicos pobres de Ombrosa, que saltaban muros y
setos y saqueaban los huertos, una clase de muchachos a los que se le había enseñado
a despreciar y rehuir, y por primera vez pensó en cuán libre y envidiable tenía que ser
aquella vida. Sí, tal vez podía convertirse en uno de ellos, y vivir así, de ahora en
adelante. «Sí», dijo. Había cortado a tajadas la manzana y se puso a masticarla.
La muchachita rubia soltó una carcajada que duró lo que un vuelo del columpio, arriba
y abajo.
- ¡Qué va! ¡A los chicos que roban fruta yo los conozco! ¡Todos son amigos míos! ¡Y
ésos van descalzos, en mangas de camisa, despeinados, y no con polainas y peluca!