Mi hermano se puso rojo como la piel de la manzana. Que se burlaran de él no sólo por
la peluca empolvada, que no le importaba nada, sino por las polainas, que le importaban
muchísimo, y que se le considerase de aspecto inferior a un ladrón de fruta, a aquella
ralea despreciada hasta un momento antes, y sobre todo el descubrir que aquella damita
que hacía de dueña del jardín de los de Ondariva era amiga de todos los ladrones de fruta
pero no amiga suya, todas estas cosas juntas lo llenaron de rabia, vergüenza y celos.
- Oh, la la la... ¡Con polainas y peluquín! - canturreaba la niña en el columpio. Él tuvo
un arranque de orgullo.
- ¡No soy un ladrón de esos que conocéis! - gritó -. ¡No soy lo que se llama un ladrón!
Lo decía para no asustaros, porque si supierais quién soy de verdad, os moriríais de
miedo: ¡soy un bandido! ¡Un terrible bandido!
La muchachita seguía columpiándose hasta sus mismas narices, se habría dicho que
quería llegar a rozarlo con la punta de los pies.
- ¡Qué va! ¿Y dónde está la escopeta? ¡Todos los bandidos llevan escopeta! ¡O
espingarda! ¡Yo los he visto! ¡A nosotros nos han parado cinco veces la carroza, en los
viajes del castillo hasta aquí!
- ¡Pero el jefe no! ¡Yo soy el jefe! ¡El jefe de los bandidos no lleva escopeta! ¡Sólo lleva
espada! - y mostró su espadín.
La muchachita se encogió de hombros.
- El jefe de los bandidos - explicó -, es uno que se llama Gian dei Brughi y viene
siempre a traernos regalos, por Navidad y Pascua.
- ¡Ah! - exclamó Cósimo de Rondó, alcanzado por una oleada de partidismo familiar -.
¡Entonces tiene razón mi padre, cuando dice que el marqués de Ondariva es el protector
de todo el bandidaje y contrabando de la zona!
La niña pasó cerca del suelo, en lugar de darse impulso frenó en seco, y saltó. El
columpio vacío tembló en el aire.
- ¡Bajad enseguida de ahí! ¡Cómo os habéis permitido entrar en nuestro territorio! - dijo,
apuntando al chico con el índice embravecida.
- ¡No he entrado y no bajaré! - dijo Cósimo con un calor parecido -. Nunca he puesto
los pies en vuestro territorio, ¡y no los pondría ni por todo el oro del mundo!
La muchachita entonces, con mucha tranquilidad, cogió un abanico que estaba sobre
una butaca de mimbre, y aunque no hacía mucho calor, se abanicó paseando arriba y
abajo.
- Ahora - dijo con toda tranquilidad -, llamaré a los criados y haré que os cojan y
golpeen. ¡Así aprenderéis a no entrometeros en nuestra finca!
Cambiaba siempre de tono, esta niña y mi hermano quedaba desconcertado cada vez
que ocurría.
- ¡Donde yo estoy no es territorio y no es vuestro! - declaró Cósimo, y le entraba la
tentación de añadir: «¡Y además soy el duque de Ombrosa y soy el señor de todo el
territorio!», pero se contuvo, porque no le gustaba repetir las cosas que siempre decía su
padre, ahora que se había escapado de la mesa tras la disputa con él; no le gustaba y no
le parecía justo, también porque aquellas pretensiones al Ducado siempre le habían
parecido manías; ¿a qué venía ponerse también él, Cósimo, ahora, a fanfarronear de
duque? Pero no quería echarse atrás y continuó con lo que le venía en gana -. Esto no es
vuestro - repitió -, porque vuestro es el suelo, y si pusiera un pie en él entonces sería un
entrometido. Pero aquí arriba no, y voy por donde quiero.
- Sí, entonces todo es tuyo, ahí arriba...
- ¡Claro! Territorio personal mío, aquí arriba - e hizo un vago ademán hacia las ramas,
las hojas a contraluz, el cielo -. En las ramas de los árboles todo es territorio mío. Di que
vengan a cogerme, ¡a ver si lo consiguen!
Ahora, tras tantas fanfarronadas, se esperaba que le tomara el pelo quién sabe cómo.
En cambio, imprevisiblemente, se mostró interesada.